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Lady Cobain

Cuando se murió Lady Di lloré tanto como cuando se murió Kurt Cobain.

En abril de 1994, cuando el músico se suicidó, sólo habían pasado dos meses desde el concierto de Nirvana en el Pabellón de los Deportes de Madrid. ¡Menudo frío de febrero y qué 3.000 pesetas tan bien invertidas! Acababa de terminar la carrera y estaba con unas prácticas (bien remuneradas) en Radio Nacional. De un despacho oí salir el sonido de los primeros acordes de The Man Who Sold The World y las lágrimas brotaron con la certeza del trágico final del de Seattle. Por su parte, el accidente de la princesa el 31 de agosto de 1997 me pilló de vacaciones en Almería, con un bebé de cinco meses enganchado a las tetas y celebrando mi cumpleaños. La revista Hola es un clásico en casa de mi abuela así que las idas, venidas y dramones de la de Gales se vivían como si se tratase de alguien de la familia. En este caso, el llanto llegó tras oír la noticia y caer en la cuenta de que ese día yo cumplía 28 años y ya no iba a poder morirme como una estrella del rock. Los 27 son la edad maldita de la muerte de Janis Joplin, Jim Morrison y Jimi Hendrix; la de la muerte de Kurt Cobain. Siempre me había parecido una buena fecha para desaparecer, pero ya no era plan: habíamos encargado una paella en el chiringuito de la playa de Mojacar y la peque nos había dejado dormir toda la noche del tirón por primera vez. Teníamos mucho que celebrar.

El Efecto 2000

Tras meses de bombardeo, aquella Nochevieja de 1999 al final no hubo ninguna hecatombe tecnológica y el Efecto 2000 se diluyó en el tiempo, quedando como anécdota en la memoria de los que vivimos aquel cambio de siglo y de milenio.

Pero en mi caso, dicho efecto ya se había manifestado unos meses antes. Asomó la cabeza en el mes de mayo prometiendo poner mi vida patas arriba y tuvo medio verano para desarrollarse, instalarse y cambiarlo todo para siempre.

16 de junio de 1999. Me dejan papá y mamá en la puerta de un polideportivo de Boadilla del Monte. No pueden entrar conmigo. Tengo 16 años y cumplo 17 dentro de poco más de un mes. No conozco a nadie de toda la gente con la que voy a pasar los próximos dos meses de mi vida.

Cruzar esa verja fue el detonante de mi Efecto 2000, mi botón rojo.

Lo que parecía que iba a ser un campamento a lo grande pronto se revela como un microcosmos que va más allá de la imagen mediática de la experiencia.

Camino de Santigo, mil recepciones institucionales, vivir en un vagón de FEVE, que te duchen los bomberos, montar por primera vez en un avión y cruzar el Atlántico, caminar más que nunca en la vida y caerme mucho, la selva, los huracanes, Panamá convertido en mi Dagobah particular, el gato volador, comer vaca ahumada, cantar todo el rato…

Hay cosas que parece que pasaron en otro mundo, en una de esas realidades paralelas de las que habla la física cuántica.

Miro las fotos y la Ruta Quetzal parece haber ocurrido en alguna otra vida.

Veinte años, como en un buen tango.

Días de nada

¿Por qué nos cuesta tanto parar?

Arranco este fin de semana mis vacaciones de invierno. Siempre me guardo unos días para después de las Navidades que son totalmente necesarios para recuperarme de la vorágine en la que vivo entre octubre y mitad de enero. Este año se suma que no había gastado otra semana que suelo cogerme en septiembre, así que se abren ante mí veinte terroríficos días de «nada».

El entrecomillado viene porque no es verdad que no vaya a hacer «nada» pero mi cerebro se empeña en darme la brasa con lo vacía de mi existencia en cuanto tiene espacio libre de preocupaciones laborales rutinarias: «No escribes, no estudias, no actualizas el blog, no lees ni la mitad de los libros que tienes, no haces deporte, no adelgazas, no buscas otro curro…».

Bla, bla, bla…

Las mil vocecitas que suelen estar adormiladas aprovechan estos momentos de parón para coger los megáfonos y ponerse a gritar en tropel. Asoman la patita el resto del año los domingos y es fácil acallarlas con el vermú, pero esta solución no  es válida para un periodo tan largo (¿o sí?). Así que hago listas de lo que quiero hacer en vacaciones y después me agobio porque no cumplo ni la mitad.

«Eres como un ama de casa estadounidense de los años 50», se ha empeñado en decirme hoy mi traicionera recua de neuronas. Que luego una es un ser racional y sabe que no es verdad, pero ponte tú a discutir con tu propia cabezota y a añadir una vocecilla más al concierto estridente que tienes montado.

Entonces decides que lo mejor es dejarse llevar, echar una lagrimona en el sofá, preparar un café, divagar con Isma sobre la importancia del Desfiladero de los Muertos en el libro del Retorno del Rey mientras tiendes la ropa y elegir dónde vamos a salir a comer hoy.

Porque es domingo, estoy de vacaciones hasta mitad de febrero y voy a sacar la escopeta para darle bien a los pájaros de mi cabeza… ¡Como Betty Draper!

 

 

Un nudo y una sonrisa

Son las 08.45 y entro a trabajar a las 09.30 pero tengo un runrún dentro desde ayer que hay que dejar salir de alguna manera y ya que una tiene un medio digital, habrá que aprovecharlo. Sé que a Eva no le va a importar que use nuestro Diario para un desahogo como éste.

En la tarde del viernes me puse a cribar los 70 mails que teníamos sin revisar para sacar algo de cara al fin de semana. Casi todo notas de prensa institucionales, algo de publi, la alegría de nuestros colaboradores semanales… Y de pronto, una convocatoria del alcalde de Ribadedeva (sí, algunos escriben ellos mismos a la prensa) para una ofrenda floral que se realizará hoy en Colombres.

Y entonces… BUM. El nudo.

Agujero de gusano en el tiempo y el espacio y viaje a 1998. Llanes. Ocho de la mañana. Primera hora de clase. Primero de Bachillerato. Creo que estábamos en lengua con Luján y los de Colombres no habían llegado. En mi clase faltaba Sofía. Qué raro… Nos mandaron para casa. 1998. Ni internet, ni redes sociales ni la rapidez informativa de hoy en día así que fue todo a cuentagotas.

Diego. Valentín. Fernando. Sofía. Adela. Verónica. María.

Y los heridos… Y el vacío de aquellos días.

BUM. El nudo.

Cierro el mail de Colombres, publico la convocatoria y estoy en Gijón. Son las 19.30 del viernes. 2018.

Me levanto hoy y lo único que tengo en la cabeza es una excursión a esquiar al Alto Campoo, aunque algunas más que bajar laderas lo que hicimos fue comer más nieve que otra cosa. De ese viaje tengo una foto que es la que hoy se me fija en la memoria y me hace sonreír a pesar del nudo: Valentín comiendo un bocata en el suelo del aparcamiento partiéndose de risa con Ceci (saludos a China si sigues por allí).

Así que me voy a trabajar y a sonreír y a poner muchas flores desde la distancia hoy en Colombres. Porque los recuerdos se lo merecen.

Publicado en el Diario del Oriente

De «The Terror» a… Mecano

¿Un poco de fresquito para el verano?

Hace ya cosa de un mes o así vimos la serie «The Terror».

Marinos exploradores, barcos, ambiente decimonónico, mucho hielo, muy blanco y muy british todo. Narración montada en plan «Perdidos» («Lost» para lo que se quieran poner finos), algún que otro susto y un poco de casquería, mucho paisano, personajes tanto despreciables como adorables, actores de todas las sagas posibles (estos de «Juego de Tronos», aquel salía también en «Roma», éste es el de «The Crown»…) y el paisaje helado que lo devora todo, incluida a mí debajo de la manta en el sofá, porque es de esas series que hay que ver con buen cuerpo porque te lo quita de un plumazo.

No voy a haceros un resumen de la serie que en esta sección de lo que se trata es de contaros las conexiones cerebrales que se activan y a dónde me llevan.

Por un lado, toda esa nieve y la soledad del Ártico a mí me traen el final de «Frankenstein», que si no lo habéis leído podéis aprovechar que está de aniversario (200 años de su publicación) y de paso investigáis las vidas de Mary Shelley y de su mami, Mary Wollstonecraft, porque menudo par…

Abro paréntesis y os recomiendo este cómic:

En «The terror» también salen inuits y eso llevó a que me descubriesen el documental de «Nanuk, el esquimal«, del que había oído hablar pero nunca había visto. Es largo y se supone que tiene más de montaje que de realidad, pero el momento de construcción del iglú con ventana es una maravilla.

Podría seguir con referencias a «Master and Comander», «Doctor en Alaska» y hasta «Twin Peaks»…

Fire walk with me

Lo que más me interesa contaros sobre esta serie es que después de todo el mal rollo que lleva dentro yo lo único que tenía en la cabeza era esto (unido a cierta performance perpetrada con esta música de fondo que implicaba varitas de incienso y que ahora no viene a cuento):

¡Disfrútenlo!

Anteriormente en «Trash Mind»:

De El Bosco a… Amistades Peligrosas