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Días de nada

¿Por qué nos cuesta tanto parar?

Arranco este fin de semana mis vacaciones de invierno. Siempre me guardo unos días para después de las Navidades que son totalmente necesarios para recuperarme de la vorágine en la que vivo entre octubre y mitad de enero. Este año se suma que no había gastado otra semana que suelo cogerme en septiembre, así que se abren ante mí veinte terroríficos días de «nada».

El entrecomillado viene porque no es verdad que no vaya a hacer «nada» pero mi cerebro se empeña en darme la brasa con lo vacía de mi existencia en cuanto tiene espacio libre de preocupaciones laborales rutinarias: «No escribes, no estudias, no actualizas el blog, no lees ni la mitad de los libros que tienes, no haces deporte, no adelgazas, no buscas otro curro…».

Bla, bla, bla…

Las mil vocecitas que suelen estar adormiladas aprovechan estos momentos de parón para coger los megáfonos y ponerse a gritar en tropel. Asoman la patita el resto del año los domingos y es fácil acallarlas con el vermú, pero esta solución no  es válida para un periodo tan largo (¿o sí?). Así que hago listas de lo que quiero hacer en vacaciones y después me agobio porque no cumplo ni la mitad.

«Eres como un ama de casa estadounidense de los años 50», se ha empeñado en decirme hoy mi traicionera recua de neuronas. Que luego una es un ser racional y sabe que no es verdad, pero ponte tú a discutir con tu propia cabezota y a añadir una vocecilla más al concierto estridente que tienes montado.

Entonces decides que lo mejor es dejarse llevar, echar una lagrimona en el sofá, preparar un café, divagar con Isma sobre la importancia del Desfiladero de los Muertos en el libro del Retorno del Rey mientras tiendes la ropa y elegir dónde vamos a salir a comer hoy.

Porque es domingo, estoy de vacaciones hasta mitad de febrero y voy a sacar la escopeta para darle bien a los pájaros de mi cabeza… ¡Como Betty Draper!

 

 

Un nudo y una sonrisa

Son las 08.45 y entro a trabajar a las 09.30 pero tengo un runrún dentro desde ayer que hay que dejar salir de alguna manera y ya que una tiene un medio digital, habrá que aprovecharlo. Sé que a Eva no le va a importar que use nuestro Diario para un desahogo como éste.

En la tarde del viernes me puse a cribar los 70 mails que teníamos sin revisar para sacar algo de cara al fin de semana. Casi todo notas de prensa institucionales, algo de publi, la alegría de nuestros colaboradores semanales… Y de pronto, una convocatoria del alcalde de Ribadedeva (sí, algunos escriben ellos mismos a la prensa) para una ofrenda floral que se realizará hoy en Colombres.

Y entonces… BUM. El nudo.

Agujero de gusano en el tiempo y el espacio y viaje a 1998. Llanes. Ocho de la mañana. Primera hora de clase. Primero de Bachillerato. Creo que estábamos en lengua con Luján y los de Colombres no habían llegado. En mi clase faltaba Sofía. Qué raro… Nos mandaron para casa. 1998. Ni internet, ni redes sociales ni la rapidez informativa de hoy en día así que fue todo a cuentagotas.

Diego. Valentín. Fernando. Sofía. Adela. Verónica. María.

Y los heridos… Y el vacío de aquellos días.

BUM. El nudo.

Cierro el mail de Colombres, publico la convocatoria y estoy en Gijón. Son las 19.30 del viernes. 2018.

Me levanto hoy y lo único que tengo en la cabeza es una excursión a esquiar al Alto Campoo, aunque algunas más que bajar laderas lo que hicimos fue comer más nieve que otra cosa. De ese viaje tengo una foto que es la que hoy se me fija en la memoria y me hace sonreír a pesar del nudo: Valentín comiendo un bocata en el suelo del aparcamiento partiéndose de risa con Ceci (saludos a China si sigues por allí).

Así que me voy a trabajar y a sonreír y a poner muchas flores desde la distancia hoy en Colombres. Porque los recuerdos se lo merecen.

Publicado en el Diario del Oriente

Operación bikini

Hace tiempo que una está reconciliada con su cuerpo (grande), con sus dimensiones, con los pelos (que cuanto más te olvidas de ellos más invisibles se vuelven) y con los cánones de belleza y estereotipos de género impuestos socioculturalmente.

Pero eso no quita que controle mucho lo que como porque la mayoría de las veces lo hago por ansiedad y no por necesidad; o que haya cambiado algo mi forma de comer en los últimos meses (menos pan, algo de proteína al desayuno, más fruta…) por el tema de los riesgos de hipertensión, diabetes y el mirar a largo plazo… Todo sin renunciar a las cañas, salir habitualmente a cenar o comer fuera y no saltarme el postre… Las comidas que te abrazan por dentro son lo mejor para la salud mental.

A lo que voy… Todo esto viene porque esta semana me han hecho análisis. Llevaba tres años sin pasar por el médico y una va teniendo una edad en la que te dicen que no puedes hacerle la puesta a punto más veces al coche que a tu cuerpo serrano.

Conclusión:  estoy gorda y al próximo que me diga que debería adelgazar por salud le voy a estampar en la cara los resultados de estos análisis. Me los han dado hoy y me ha dicho mi médico que son «de libro». Vamos, que lo tengo todo (papi) pa enmarcar.

Y como está ahí el verano os cuento mi operación bikini particular:

Imagen de Anna N. Kjellgren

De pites y napalm

Resulta que la última vez que entré por aquí, allá por el mes de abril, fue exactamente con la misma motivación que hoy me trajo de nuevo a escribir: el fuego.

Pero no un fuego purificador, ni uno de hoguera de San Juan, ni de chimenea de invierno, ni fuegu de asar castañes, ni de la boca del cuerpu, ni fuegu de parir dragones…

Nada de eso.

Fuego del que cabrea, del que angustia, del que hizo que hoy en mi ciudad no se hiciese de día hasta las 12 y pico de la mañana… Si es que a esta luz que tenemos se le puede llamar acaso día…

Camino del trabajo me acordé de un cuentín que escribí muy distopía breve con todo el presente tapado de nubes que no dejaban pasar los rayos de sol; el olor a humo de la calle me recordaba al napalm por la mañana; pensaba en los fallecidos y sus familias, en los que tenían los focos cerca, en los que habían tenido que ser evacuados de sus pueblos en plena noche, en el ganado asustado, en los animalinos del bosque de Muniellos, en las miles de hectáreas de bosque verde, verde, verde…

Y en los que prenden la mecha.

En medio de este maremágnum de emociones y con las lágrimonas abriéndose paso me acordé de algo que alguna vez le escuché a mi güela Lupe de una vez que su madre -la bisa María- vivió un eclipse de sol. Siempre recordaba que les pites (las gallinas), en cuanto vieron que se hacía de noche, tiraron escopetadas para el corral, bien acostumbradas que estaban a recogerse con el fin del día. Cuando volvió a salir el sol, el gallu cantó y todo comenzó de nuevo como si nada.

Así que me vais a perdonar que no escriba cuando se rompe España o que no os cuente todo lo que pienso de la locura banderil en la que vivimos inmersos estos últimos tiempos, porque a lo mejor saldrían otros fuegos y no me apetece andar apagándolos.

Hoy voy a hacer como les pites de mi bisabuela y me retiro hasta que se ponga a llover, que como tengamos que esperar a que arreglen las cosas los que las tienen que arreglar… ¡Apañaos vamos!

Imagen de esta mañana en Llanes, de Sol Caso

La Virgen de la Cueva…

Cuando alguien os diga en tono de queja eso de «vaya asco de tiempo tenéis en Asturias, siempre lloviendo»; vosotros sonreís amablemente y contestáis «sí, un asco, jeje». El acordarse de los incendios de esta semana y el corte de mangas mejor lo llevamos por dentro, que digo yo que tampoco hace falta echarle a nadie en cara el creer que los praos son verdes porque sí.

Hoy llueve. ¡Sonriamos!

Si hasta Espe va y dimite (por tercera vez) no se me ocurre mejor plan que salir a pisar charcos.