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Dije culo

Había un chiste que contaba mi padre a menudo cuando éramos pequeñas y que terminaba con un rotundo “dije culo” que nos hacía partirnos de risa. Alguna confusión con los búhos había de por medio.

Estas cosas del cuerpo y de la escatología nunca fallan a la hora del cachondeo y siguen causando risitas, incluso cuando creces.

Pues hoy os quiero yo hablar de culos a cuenta de un paseillo que me acabo de dar por una tienda de ropa de sobra conocida en la que hace siglos que no me compro unos pantalones porque no tienen talla para mi rotunda posadera.

Dando un vuelta de reconocimiento, sin intención de comprar nada, me encontré con que tienen un montón de mesas con vaqueros que llegan hasta la talla 46. ¿Ven bien mis ojos? ¿Etiqueta de “loves curves”? ¿En serio? Y a menos de 20 lereles… Necesito unos para el curro que los desgasto como si fuesen de papel.

Ingenua de mí me voy para el probador con seis pantalones (negros, azules, grises desgastaos… ¡Festival!) de la 44 y la 46, que una está acostumbrada a llevar en cada sitio una talla diferente. Tengo pantalones desde la 42 (sin ir más lejos unos comprados la semana pasada en otra gran cadena de ropa popular) a la 46, camisetas y jerseys de la S a la L, pijamas de la L a la XL…

Lo que no me esperaba es que los de la 44 no pudiesen pasar de la rodilla y los de la 46 sí llegasen a su sitio con serio riesgo de algún corte de circulación.

Calculando a ojo, digo yo que esa talla 44 le servirá a alguna mujer cuya talla real sea una 38-40 y claro… ¡Así andamos! Que si una no estuviese reconciliada con sus curvas hace ya tiempo menuda llorera que me hubiese pillao de camino a casa.

A cambio, mi culo y yo nos hemos ido a sentar a una terraza (sé que hace ya un frío del carajo pero con las estufinas se está de lujo), nos hemos pedido una caña, nos la han traído acompañada de un pinchín de tortilla y unas aceitunas y nos lo hemos tomado a la salud de todas las que sé que me van a entender.

Sistas, apuntaos lo de “dije culo” y a disfrutar.

 

La última lista

Me encanta hacer listas. La de la compra, la de las tareas de la casa (con los nombres de a quién le toca hacer cada cosa en distintos colores: azul para Lena, verde para Teo y naranja para mí), la de los deberes del cole pendientes para el fin de semana, la de los gastos previstos para el mes… Me gusta la sensación de orden que esas listas le otorgan a mis días.

Porque en realidad todo es un pequeño caos desde hace unos meses.

“Las mudanzas es lo que tienen”, dice la abuela y remarca la palabra mudanza entrecomillándola con los dedos. No tengo muy claro que vayamos a entrar nosotros tres y sus dos gatos en su casa. “Pelos y Poli se acostumbrarán”, dice ella. “Van a estar encantados con los guajes”, sonríe. “Teo, Lena y tú podéis compartir cama una temporada, ya verás”, suaviza. Yo sólo pienso en mis alergias.

Hoy me he levantado a las cinco de la mañana para hacer la última revisión de esta lista que tengo entre manos desde hace semanas. Está todo preparado. Las tres maletas (una para cada uno con ropa, zapatos y utensilios de aseo), una bolsa de juguetes (les he hecho elegir cuatro cosas a cada uno, nada más) y dos cajas de libros.

Me he preparado un café y he echado un ojo a las ofertas de empleo. Nada nuevo. Ninguna solicitud respondida. No creo que el próximo mes pueda pagar la tarifa de internet del móvil. Mi madre dice que el telecentro del pueblo funciona de maravilla. Que haré amigas. Que los fines de semana vienen familias con niños a ver a sus abuelos, a respirar el maravilloso y limpio aire del monte. Que ya están floreciendo los cerezos. Vuelvo a pensar en mis alergias.

Teo me ha llamado desde la cama. Tiene pis. Dejo el café (que se ha quedado frío hace un rato) y llevo al niño al baño. Despierto a Lena. “¿Ya son vacaciones?”, me pregunta. “Sí, nena, hoy salimos para casa de güeli, en un ratín de nada”, le contesto.

Desayuno y ducha para los peques. Los visto y los siento en las maletas. Están guapos y limpios. Me visto y me ducho yo también. Guapa y limpia. Me han dicho que a veces viene la tele a estas cosas.

Dan las siete. Suena el timbre. Es Marisa. “Ya estamos todos, ¿estás lista?”, me pregunta y me da tres chapas rojas con letras blancas. “Está todo preparado para el viaje”, le digo mientras guiño un ojo y me contengo una lágrima. Sólo una. La única que me voy a permitir hoy.

Se escucha la llegada de un par de coches. “Es la policía”, me dice Marisa. Me termino de tragar la dichosa lágrima. Hay gritos fuera. Dicen que van a pararlo. No sé cuántos son. No quiero asomarme.

Miro la lista. Me falta meter el inhalador del asma. El polen del pueblo me mata en esta época.

Dragones para todas

Aunque lo parezca, este no va a ser un escrito friki sobre el subidón final de la última temporada de Juego de Tronos (que menuda manía de dejar toda la artillería para los dos últimos). Podría, pero no lo voy a hacer porque para eso ya hay gente que se dedica a ello y a mí hoy -con esa serie como excusa- me apetece hablar de otras cosas sin hacer muchos spoilers.

Podría escribir un perfil de los personajes femeninos y su (tremenda) evolución o ponerme a especular sobre lo despistados que deben haberse quedado algunos seguidores (masc. pl.) de la serie. Pero al final creo que voy a hablar de dragones.

Daenerys se viene arriba y no es para menos. La mother of dragons galopa los cielos montada en un inmenso bicho alado que escupe fuego y eso, qué queréis que os diga, tiene que empoderar de la leche.

Hace un par de meses fuimos al teatro a ver Hamlet y Ofelia se marcó un “¡Buenas noches Dinamarca!” digno de cualquier saludo de gran orquesta verbenera. El dragón de Ofelia se disfrazó de locura, pero la sensación de venirse arriba me recuerda a la de las heroínas de la serie-excusa de este post.

“¡Buenas noches Winterfell!” claman Samsa y Arya y “¡Buenas noches Islas del Hierro!” suelta Asha Greyjoy. Ni os cuento lo que gritan las womonas de Dorne, la yaya vengadora, Brienne de Tarth o Cersei aka la jefa. Lyanna Mormont va sobrada con su oso. Ellas galopan dragones de colores variopintos, con garras fieras, aliento abrasador y toda la fuerza posible.

Mi hermana Helena, Nel y sus amigas ofrecieron un maravillo “¡Buenas noches New York!” a lo llaniscu. A ella, a mi hermana, le ha costado un montón dar con su dragón pero ahora que lo tiene agarrado sé yo que no hay quién la apee de él. Mi otra hermana, Inés, no deja de buscar el suyo y ya tiene el título de Domadora Oficial de Bestias Mitológicas. Mi madre prefiere a Bonnie y a Mafa, pero no sabe que con cada foto y cada texto que nos manda para el Diario lo que hace es alimentar a sus dragones, porque tiene una manada entera.

Mi socia le ha puesto transportín de bebés al suyo para no perderse ni una y a la enana le saldrán escamas de esas transparentes que protegen por siempre y la harán ignífuga.

Yo llevo el cuerpo pintado de alas.

Tengo amigas que dejan curros explotadores y ponen sus rizos en movimiento para dar el siguiente paso sin mirar atrás, que dejan novios toxina, que salen y se acuestan al alba para dormir dos horas y levantarse después a sacar p’alante el negocio familiar.  Tengo amigas madres solteras que jamás estarán solas o que cuidan familiares enfermos y se descuidan todas con la mejor de las sonrisas. Algunas dan caza a los malos, otras son grandes profesionales que están trabajando de lo que sea o viviendo en el límite de los mapas porque hay que tirar y hasta las hay que se han construido una casa con sus propias manos…

Tengo amigas dragón.

Llave de paso

Salió de la ducha completamente enrojecida, pero el vapor y el calor del agua habían logrado su efecto calmante (sedante). No quedaba ni rastro de sangre debajo de sus uñas así que sonrió y se metió en la cama desnuda, convencida de que por fin dormiría del tirón.

El insomnio había llegado con el cambio de turno en el trabajo. De siete de la tarde a dos de la mañana desde hacía cinco meses. Al principio todo iba bien y parecía que el cuerpo se había acostumbrado al nuevo horario. Después de dos semanas empezó a cruzarse cada noche en el trayecto de regreso con el mismo hombre. “Casualidades”, pensó los primeros días. “Alguien con un turno tan inhumano como yo”. Hasta que se lo encontró un día por la mañana en el supermercado y él sonrió de lejos.

Todo empezaba a ser raro. Incómodo.

Lo comentó con una de las compañeras de trabajo que llevaba más tiempo en el turno de noche. “A mí también me da mal rollo la vuelta a casa. Me pongo el llavero como si fuese un puño americano, con las llaves entre los dedos por si tengo que defenderme”, comentó. “Tengo amigas que caminan con el 112 marcado en el móvil siempre a punto de activar la llamada, con un mechero preparado o algo pesado dentro del bolso por si las moscas”, reconoció y le recomendó que cargase con una grapadora de las del despacho a modo de ladrillo.  Miedos impuestos. ¿Irracionales?

“Las calles de noche no están hechas para las mozas”, resonaba la voz de su padre. No pensaba darle la razón, pero aquel desconocido –de aspecto totalmente normal, limpio, un vecino cualquiera- seguía cruzándose y notaba que la miraba con intensidad creciente. Algunos días iba por la otra acera, otras estaba quieto en algún portal y esperaba a que ella pasase para seguirla unos cuantos metros y volver a detenerse. Durante el día también lo veía a veces, siempre de lejos. Cuando salía de trabajar ya no había transporte público y no podía pagarse un taxi cada noche, aunque empezó a coger uno si necesitaba descansar de verdad. Porque después de cruzarse con él no dormía.

Aquel jueves llevaba ya una semana seguida sin pegar ojo. Una amiga farmacéutica le había recomendado unas pastillas pero se negaba a tomarlas porque la dejaban totalmente zombie y ya había estado enganchada a esos remedios. En el trabajo le habían dado el toque unas cuantas veces porque llegaba tarde y se distraía. Esa noche se quedó dormida un rato sobre el teclado y una supervisora le dijo que no le iban a consentir ni una más.

Era el último aviso.

Así que de camino a casa, cuando enfiló la calle y lo vio parado en un portal aceleró el paso y se detuvo frente a él. No reaccionó y abrió mucho los ojos. Quieto. Ella hizo lo mismo. Mantuvo la mirada como en esos juegos en los que pierde quien parpadea primero. Un minutos, dos… Su cara decía: “Aquí estoy. ¿Algo que decirme?”. El tipo comenzó a mover la cabeza, nervioso. Aquella no era la presa que él esperaba. La apartó de un empujón, la tiró al suelo y se perdió entre las calles del barrio.

Ella se incorporó, se sacudió la ropa y retomó el camino a casa. Cuando llegó se dio una ducha bien caliente. Al salir del agua comprobó que no quedaba ni rastro de sangre debajo de sus uñas -había apretado tan fuerte las llaves en su mano durante el encuentro que se había hecho una herida importante- así que sonrió y se metió en la cama desnuda, segura de que por fin dormiría del tirón.

Temporal Nº 9

Los Bonsáis acaban de presentar un adelanto del disco que saldrá en febrero, pero como para eso ya habrá tiempo, hoy quiero hablaros de otro proyecto que tienen entre manos: Temporal Fanzine.

Está disponible el número 9 y esta vez me animaron a colaborar con ellos, así que escribí sobre la Asociación de Autoras de Cómic.

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Cosas “de chicas”

Me gustan los cómics. Aprendí a leer con Mafalda y los Astérix. Me gustan las historietas hechas por mujeres pero también las hechas por hombres. Me repatea cuando a las revistas, el cine o la literatura se le añade que es “para chicas”, porque soy una de ellas y no me suelen gustar los contenidos que quedan englobados con esa etiqueta. Lo reduce todo.

Por eso quiero presentar a la Asociación de Autoras de Cómic (ACC), fundada en 2013 y que busca “la equidad en las viñetas, la recuperación histórica de nuestras historietistas y la promoción de su arte en instituciones y eventos”. Como dicen en su presentación: “Queremos abrir debate y reflexionar sobre la mujer y su representación en el cómic”. El colectivo agrupa a autoras y autores que “luchan por la igualdad real y efectiva en un mercado tradicionalmente dominado por el hombre como es la historieta”. No buscan destacar las diferencias sino “ocupar un lugar igualitario en el mercado del cómic; que se nos reconozca por nuestro trabajo, no por nuestro género”. Otro de sus objetivos es rescatar a autoras “que han sido injustamente olvidadas, muchas de las cuales el tiempo ha maltratado y ha dejado abandonadas a todo reconocimiento”.

Entre las actividades de este año de vida destaco la creación del blog Wombastic donde compartieron dibujos, carteles e historias en contra de la reforma de la ley del aborto del ex ministro Alberto Ruiz-Gallardón. Todo un despliegue de crítica y reivindicación ilustrada.

Y es que más allá de la tópicas representación de mujeres lánguidamente tristes rodeadas de frases intensas y románticas, hay un buen número de chicas dibujando y escribiendo historietas de todo tipo, con un sin fin de estilos, temáticas y personajes. ¡Para todos los gustos!

-Recomendación: El libro “Enjambre” (Norma Editorial, 2014), una antología de cómics y relatos breves escritos e ilustrados por más de veinte autoras.

-A mí me gustan: María Herreros, Mamen Moreu, Carla Berrocal, Sussanna Martín, Marina Capdevilla, Ana Belén Rivero, María Castelló, Lola Lorente, Bea Pérez

¡Y la lista no deja de crecer!