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La Virgen de la Cueva…

Cuando alguien os diga en tono de queja eso de “vaya asco de tiempo tenéis en Asturias, siempre lloviendo”; vosotros sonreís amablemente y contestáis “sí, un asco, jeje”. El acordarse de los incendios de esta semana y el corte de mangas mejor lo llevamos por dentro, que digo yo que tampoco hace falta echarle a nadie en cara el creer que los praos son verdes porque sí.

Hoy llueve. ¡Sonriamos!

Si hasta Espe va y dimite (por tercera vez) no se me ocurre mejor plan que salir a pisar charcos.

Que veinte años no es nada… Y ocho, menos

Me dio la tarde de repasar fotos y de cruzar el charco y desembarcar en el Río de la Plata ocho años después.

Varias casas y ciudades más tarde (Madrid, Oviedo, Llanes, Barcelona, de nuevo Oviedo y -al fin- Xixón) me encuentro esta foto de un paseo por la rambla montevideana cuando me fueron a visitar mis padres. Era abril de 2008 y el verano austral se tornaba otoño, luminoso aún, como este noviembre en el que parece que me aposiento después de idas y vueltas.

Esa foto me ha recordado inevitablemente a esta otra:

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Tiene apenas un par de semanas y constata mi cambio de escenario. La vuelta al mar como telón de fondo de lo que suceda a partir de ahora.

No dejo de encontrar similitudes.

Y sonrío.

Dicen que las comparaciones son odiosas. Yo creo que a veces son un regalo.

 

 

Al descubierto

Cada vez que intento ordenarme los recuerdos -o el armario- ocurren sucesos sorprendentes que podréis creeros o no, pero que pasan y me convencen de nuevo de las bondades de determinadas dosis de caos en mis recuerdos y -por supuesto- en los armarios.

El pasado domingo, por ejemplo, mientras terminaba de revisar unas fotografías que aparecieron en un cajón, se pusieron en danza -sin haberlas convocado- cientos de imágenes de infancia que probablemente nunca sucedieron. Pero ahí estaban, relucientes.

Así, organizadamente, fueron desfilando sobre el tapete cada una de las  imaginarias vidas  que afrontaba en los trayectos de casa al cole y viceversa. Todos mis entretenimientos infantiles se conjuraron a la vez para saludar y hacer un paseíllo grácil, con piruetas, redoble de tambores y encaje de bolillos.

No sé si será que me hago mayor, pero la luz de la última hora de la tarde de los domingos hace tiempo que no me genera la angustia existencial tremenda (rozando la languidez romántica decimonónica) que desencadenaba hace unos meses.

Tras la orgía imaginaria de recuerdos revueltos, sobre el suelo se quedó una baraja desordenada. Boca arriba.

Claramente, debemos seguir jugando y ahora tenemos las cartas al descubierto.

Septiembre y año nuevo

Que me gusta mayo ya os lo he contado otras veces y creo que mis filias por septiembre también son conocidas.

Son meses de mudanza (entendiéndose ésta como cambio de piel y de ánimos) y de cielos impredecibles. De luces sorprendentes. De planes, promesas y nuevas rutinas. Meses de poner orden y desorden, de reorganizar armarios y despeinarse por completo.

De runrunes.

Puede parecer que por aquí todo sigue igual pero ya os digo que no.

Se vienen cosas

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