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Al descubierto

Cada vez que intento ordenarme los recuerdos -o el armario- ocurren sucesos sorprendentes que podréis creeros o no, pero que pasan y me convencen de nuevo de las bondades de determinadas dosis de caos en mis recuerdos y -por supuesto- en los armarios.

El pasado domingo, por ejemplo, mientras terminaba de revisar unas fotografías que aparecieron en un cajón, se pusieron en danza -sin haberlas convocado- cientos de imágenes de infancia que probablemente nunca sucedieron. Pero ahí estaban, relucientes.

Así, organizadamente, fueron desfilando sobre el tapete cada una de las  imaginarias vidas  que afrontaba en los trayectos de casa al cole y viceversa. Todos mis entretenimientos infantiles se conjuraron a la vez para saludar y hacer un paseíllo grácil, con piruetas, redoble de tambores y encaje de bolillos.

No sé si será que me hago mayor, pero la luz de la última hora de la tarde de los domingos hace tiempo que no me genera la angustia existencial tremenda (rozando la languidez romántica decimonónica) que desencadenaba hace unos meses.

Tras la orgía imaginaria de recuerdos revueltos, sobre el suelo se quedó una baraja desordenada. Boca arriba.

Claramente, debemos seguir jugando y ahora tenemos las cartas al descubierto.

Septiembre y año nuevo

Que me gusta mayo ya os lo he contado otras veces y creo que mis filias por septiembre también son conocidas.

Son meses de mudanza (entendiéndose ésta como cambio de piel y de ánimos) y de cielos impredecibles. De luces sorprendentes. De planes, promesas y nuevas rutinas. Meses de poner orden y desorden, de reorganizar armarios y despeinarse por completo.

De runrunes.

Puede parecer que por aquí todo sigue igual pero ya os digo que no.

Se vienen cosas

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Reflexiones como crisálidas

Xixonmayo

Hay momentos en los que te vuelves consciente -a secas- y entiendes de pronto asuntos que no sabías ni que debías intentar comprender. Es como esas agujetas que te descubren músculos de tu cuerpo en los que jamás habías reparado porque nunca los habías usado y nunca te habían dolido.

Estoy segura de que hay zonas del cerebro (incluid aquí las almas, el corazón y cualquier otro eufemismo que haga referencia a la vida interior) que permanecen inactivas durante toda la existencia. Otras se mantienen en letargo o en segundo plano, realizando labores tan inconscientes como imprescindibles: ordenan recuerdos, borran lo que no interesa, atesoran momentos, tergiversan sueños, inventan realidades paralelas y mundos (im)posibles… Algunas -y éstas son las que me interesan hoy- se manifiestan de pronto, nuevas, como crisálidas recién abiertas que ofrecen sorpresas aladas y coloridas.

Los caminos que se abren por delante de forma inesperada siempre me han generado un estado en el que se suman el recelo y el júbilo, con tanto miedo como ganas por pisarlos y recorrerlos.

¿Existe algún mayo sin cambios en perspectiva?

Hay vértigos y hojas en blanco. Un telar en construcción. Mantas para hacer cuevas y cervezas frías esperando en la nevera.

Pase lo que pase, lo que importa es el trayecto y disfrutarlo.

¡Vamos a ello! Sin pausa.

El Toñín

Salamanca. Junio de 2005. Fin de exámenes.

-¿Dónde está la playa más cercana?
-¡Santander!
-No, Molti, joder. En Portugal fijo.
-Pa ir a Portugal vamos a Santander.
-Venga, en serio. ¿Qué playa nos queda más cerca?
-Creo que Aveiro, ¿no?
-¿Vamos mañana? ¡Yo conduzco!

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La gente que te lleva a ver el mar se merece que rescates fotos de hace diez años.

¡Felicidades Toñín!

Los bordes del espejo

Nada -nunca- es tan tremendo.

Creo que esa frase se va a quedar como mantra de mi vida. Si me gustasen los tatuajes de letras me la pondría bien visible en la pechera. Por suerte no lo haré. Tranquis.  Tengo cierta tendencia al drama emocional interno desde que recuerdo. La cabeza se me pasa de frenada constantemente, especulo e imagino más allá de lo sano y me cuesta disfrutar del hoyaquíahora por los futuribles imprecisos. Así que desde hace tiempo vivo en un constante proceso de filtraje y recolocación de pensamientos y sentimientos. Poner los pies en el suelo ayuda con la salud mental. Pero cuesta.

Así que mis runrunes y agonías -nunca- son tan tremendos. Son míos. Efectos de esto de vivir evitando las escalas de grises. Punto. Lo tremendo está fuera de esta burbuja rutinaria a la que le viene bien que la pinchen de vez en cuando.

Nieva y llueve y hace frío. Rarezas que tiene el invierno. ¡Quién lo iba a decir! Mañana me toca currar todo el día y esta noche voy a un concierto así que tendré que recogerme pronto. ¿Desalojos sin orden judicial? Hoy mismo. En directo. Voy a poner a cocer la pasta que ya es hora de comer. En Grecia cierran los CIEs, aquí esto. Whatsapp con ristra de emoticonos nuevos. A Santi se le termina el paro y se vuelve al pueblo. Hoy ha salido el solín y las flores empiezan a asomar en los tiestos. Setenta mujeres mueren asesinadas por sus parejas cada año. Me cabreo porque no me contestas, porque no quieres quedar, porque ya no nos vemos. Qué cansancio lo de relativizar la soledad constantemente. Me disfrazo en carnaval. Familiares de entierro. Pero tengo amigos que saben doblar los mapas y ni Barna ni Mendoza están tan lejos. Ha vuelto a salir la beca a la que me presento todos los años. ¿Vuelvo a intentarlo? ¡Claro! ¿Unas sidras esta noche? Hay nuevo texto de Silvia que leo tarde. ¿Tarde para quién? Hace tiempo que sé que tengo los pasos desacompasados del ritmo imperante pero sobre la inexistencia virtual ya escribí hace unos meses. Sólo pienso en volver a irme y a la vez en que cómo puede ser que no aguante dos años en el mismo sitio. Nos reforman el código penal. Elecciones en mayo. Primavera.

Lo dicho… Nada (de lo que me pasa por el momento) -nunca- es tan tremendo. Lo tremendo asoma por los bordes del espejo.