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El Efecto 2000

Tras meses de bombardeo, aquella Nochevieja de 1999 al final no hubo ninguna hecatombe tecnológica y el Efecto 2000 se diluyó en el tiempo, quedando como anécdota en la memoria de los que vivimos aquel cambio de siglo y de milenio.

Pero en mi caso, dicho efecto ya se había manifestado unos meses antes. Asomó la cabeza en el mes de mayo prometiendo poner mi vida patas arriba y tuvo medio verano para desarrollarse, instalarse y cambiarlo todo para siempre.

16 de junio de 1999. Me dejan papá y mamá en la puerta de un polideportivo de Boadilla del Monte. No pueden entrar conmigo. Tengo 16 años y cumplo 17 dentro de poco más de un mes. No conozco a nadie de toda la gente con la que voy a pasar los próximos dos meses de mi vida.

Cruzar esa verja fue el detonante de mi Efecto 2000, mi botón rojo.

Lo que parecía que iba a ser un campamento a lo grande pronto se revela como un microcosmos que va más allá de la imagen mediática de la experiencia.

Camino de Santigo, mil recepciones institucionales, vivir en un vagón de FEVE, que te duchen los bomberos, montar por primera vez en un avión y cruzar el Atlántico, caminar más que nunca en la vida y caerme mucho, la selva, los huracanes, Panamá convertido en mi Dagobah particular, el gato volador, comer vaca ahumada, cantar todo el rato…

Hay cosas que parece que pasaron en otro mundo, en una de esas realidades paralelas de las que habla la física cuántica.

Miro las fotos y la Ruta Quetzal parece haber ocurrido en alguna otra vida.

Veinte años, como en un buen tango.

Que veinte años no es nada… Y ocho, menos

Me dio la tarde de repasar fotos y de cruzar el charco y desembarcar en el Río de la Plata ocho años después.

Varias casas y ciudades más tarde (Madrid, Oviedo, Llanes, Barcelona, de nuevo Oviedo y -al fin- Xixón) me encuentro esta foto de un paseo por la rambla montevideana cuando me fueron a visitar mis padres. Era abril de 2008 y el verano austral se tornaba otoño, luminoso aún, como este noviembre en el que parece que me aposiento después de idas y vueltas.

Esa foto me ha recordado inevitablemente a esta otra:

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Tiene apenas un par de semanas y constata mi cambio de escenario. La vuelta al mar como telón de fondo de lo que suceda a partir de ahora.

No dejo de encontrar similitudes.

Y sonrío.

Dicen que las comparaciones son odiosas. Yo creo que a veces son un regalo.

 

 

Charcos diminutos

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Anoche soñé que me despertaba exactamente en el mismo sitio en el que estaba hace siete años. Creo que es cosa de la lluvia constante y del frío que parece que no se va a ir nunca, aunque sabemos que le toca ir remitiendo y desplazándose hacia el sur del sur, que desde allí vendrá el calor. Es el mundo al revés. Las estaciones inversas.

Marzo de 2008. Cabo Polonio. No hay nada más que agua y arena. Viento, leones marinos, un faro que deja doce segundos de oscuridad, cabañas de madera y sal. Peces recién salidos de las redes para cenar y una hoguera. La luz hace de despertador cuando se cuela por ese ventanuco desde el que veo el mar. El charco.

El charquito.

Aquel año también hubo accidentes horribles de aviones y guerras y penas. Pero también hubo buena música y encuentros con gente que se queda, visitas, cenas y viajes.

Sueño porque no llega el calor, porque siempre quiero volver. Por suerte hay gente que me lo acerca constantemente.

Cuerpo de murga

Han llegado los primeros sones de chirigotas gaditanas y el soniquete irremediablemente me lleva a 2008 y a Montevideo. A un piso sobre el Teatro de Tres Cruces desde el que se oían las actuaciones cada noche y a la inmersión cultural en el paisito vestida de murga y carnaval. Verano en enero. Disfraces y desfiles ligera de ropa y de cargas.

Este fin de semana he escrito un mail para gente que se va a Uruguay en menos de un mes y me responden que lo que les cuento les ha dado ganas de estar allí ya. Lo disfruté. Lo viví. Exprimí Montevideo y sé que algún día volveré. Aún no es momento. Por ahora os comparto lo que escribí en ese correo:

Ya descubriréis la ciudad a vuestro ritmo pero si tengo que dejaros alguna recomendación se centrará en andar sin parar por los 22 kms de Rambla, ir los domingos a la feria de Tristán Narvaja, tomarse un medio y medio (ojito que sube) en el mercado del puerto, descubrir el carnaval y el candombe (yo es que soy apasionada del folclore allí donde vaya), tanguear, intentar cruzarse con Galeano por la Ciudad Vieja, visitar la fortaleza del Cerro (ojo que el barrio por el que hay que llegar es de los chunguis), cruzar en Buquebus a Buenos Aires, visitar Colonia, ir a las termas, pasar de Punta del Este por mucho que digan y recorrerse la costa en dirección a Brasil (todo el departamento de Rocha con parada obligatoria en el Cabo Polonio y resistirse a desaparecer del mundo para siempre), hacerse socio de la Cinemateca, comer chivitos, sacar fotos a todos los árboles gigantes que te encuentres y a todas las aceras levantadas por raíces del centro, visitar el Centro Cultural España (en la Ciudad Vieja), olvidarse del verbo «coger», aficionarse al mate y comprarse un termo, tener «La Tregua» de Benedetti siempre a mano, escuchar a grupos como No Te Va a Gustar o La Vela Puerca, recordar que no es el trópico y que el clima es como el de aquí (invierno frío y de lluvia, verano caluroso, hay primavera y otoño), enterarse de leyendas como la del Palacio Salvo, maravillarse con la decadencia del edificio histórico de la Universidad de la República, recordar la vertiente rural del país (hay 3 vacas por habitante y gauchos como en Brasil), mi plaza favorita El Entrevero, elegir entre ser de Peñarol o Nacional (si sois futboleros), los uruguayos no son argentinos-porteños (son como sus hermanos pequeños, mucho más humildes y acogedores), cuando os pregunten si estáis de «paseo» (vacaciones) y respondáis que no, os mirarán asombrados y nadie creerá que hayáis elegido Uruguay voluntariamente (esto a lo mejor ha cambiado desde que yo estuve dado el flujo migrante que hay ahora)…

Y ese último paréntesis encierra mucho de lo que ya no conozco. Entre 2008 y 2013 hay un abismo mucho mayor de lo que puedo imaginar. Por ahora no lo comprobaré por mí misma y esperaré ansiosa las noticias de los que se van.

Por ahora me quedo con mi murga aquí.

Barcelona

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La foto es de hace cuatro años.

Noviembre de 2007.

La única vez que pisé esas calles durante unas horas y con una agenda de lo más apretada. Rodeada de caras que después se convertirían en habituales. Ahí estaban Ale, Pilar y Antonio, por ejemplo. De esa gente que no pasa. Que se quedan.

Entonces yo era otra.

Mañana vuelo de nuevo en un contexto totalmente diferente. Habrá más horas para patear y volveré a estar rodeada de caras nuevas, incorporadas hace pocos meses.

Algo me dice que son de esa gente que no pasa. Que se quedan.

A la vuelta cuento más.