Desnortada

Llevaba días arriba y abajo sin rumbo fijo.

Salía de casa y andaba. Hoy hasta la playa pequeña que en invierno no tiene más alma que el de las gaviotas (que todos sabemos que no usan de eso). Ayer al parque del final de las vías. Antes de ayer hasta su antiguo colegio, al que sólo fue un curso y del que ni siquiera recordaba el color de las paredes, pero ahí seguía, naranja, de ladrillos húmedos. Días antes al barrio nuevo, el que tiene todos los bares iguales, temáticos, “de moda”, llenos de vacío.

Empezó a salir a caminar para callar algunas bocas. “Tienes que salir de casa que estás todo el día encerrada”. “Tanto ordenador no es bueno ni pa ti ni pa nadie”. “Respira un poco, tía, pasea, visita sitios… ¡Haz algo!”. “Tás tol día empantallá, nena”. “No hay forma de verte la cara o escucharte, te van a empezar a salir cables del cerebro”. “¿Tomamos algo? Necesito un rato contigo”.

Así que empezó a andar, arriba y abajo sin rumbo fijo.

Y le gustó.

“No entiendo qué narices haces todo el día caminando sin propósito alguno”. “¿Ya no te conectas? No hay forma de pillarte en ningún chat y has dejado de contestar los mails”. “Lo tuyo es enfermizo, cambias el encierro por el vagabundeo”. “Tás denortada nena”. “Cualquier cosa en exceso es mala”. “Miss u. Todo oki?”

Pero decidió no escuchar y seguir haciendo lo que le apetecía. Que en aquel momento era seguir andando a pesar de que había anochecido y no tenía ni idea de donde había terminado aquella tarde.

El cartel de neón de un bar se encendió en aquel momento y tuvo que entrar.

Toda la barra para ella sola. Cuatro mesas solitarias. Un único camarero echando cuentas. Al fondo un piano con una chica escribiendo en tiza sobre él.

-¿Qué va ser?
-Ron.

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