Galeano

Nació en 1940, cuando el mundo no esperaba nada bueno.
Según los astrólogos, aquella mañana el sol y la luna estaban de visita en la casa de los peces, lo que explica su tendencia a meterse en líos.
Su signo, Virgo, es responsable de su fastidiosa manía de perfección y su ascendente, Libra, tiene la culpa de sus insaciables hambres de mundo.
Con el paso del tiempo se hizo evidente que no servía para nada.
Había nacido gritando gol, como todos los bebés uruguayos, y quiso jugar al fútbol.
Fue un mamarracho.
Después quiso ser santo.
Peor.
Intentó dibujar y pintar pero nunca consiguió nada digno de ser mirado.
Cuando se convenció de que era un inútil total, se hizo escritor.
Un niño de una escuela de Salta le envió el único mensaje estimulante que ha recibido en su vida: “Seguí escribiendo que vas a mejorar”.
Y en eso anda.
Cada día camina por la costa de Montevideo, donde nació y creció, y ella, la costa, lo camina, caminante caminado, y en esos lentos ires y venires van y vienen las palabras que le caminan adentro.
Lo grave es que las deja salir.

Eduardo Galeano (Autobiografía leída por el autor ayer en Montevideo)

 

Hay días en los que da gusto el trabajo, los compañeros, las palabras, el café y el zumo, el teléfono, la niebla, el invierno, la rambla

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