La extraña pareja

Jack Lemmon y Walter Matthau. El Gordo y el Flaco. El Dúo Sacapuntas. Goya y la Duquesa de Alba (de su época). Ana Obregón y Ramón García. Pe y Já. Marilyn y Arthur Miller. Jacob y el humo negro de la isla. Cristo y la Magdalena. Brian y Judit. Timón y Pumba. Jay y Bob el Silencioso. Falete y el Esmirriao… El mundo de la farándula, la ficción y la Historia en general están llenos de extrañas parejas que de una forma u otra corroboran el dicho de que “pa gustos colores”.
La vida normal y rutinaria de los pininos de a pie no iba a ser menos.
En los últimos meses me ha tocado ir a más de una feria de ganado. Ya distingo a las vacas asturianas de montaña de las de los valles, a las suizas de las holandesas y a las oveyas xaldas o a los caballos percherones de los del resto de su especie.
A ella la vi de lejos uno de esos días. Pelo rubio perfectamente teñido y atado en una cola, altura considerable (se la veía por encima de las cabezas de los paisanos que pujaban aquella mañana por los xatos), uñas sin pintar pero impecables, camiseta ajustada que marcaba un busto generoso, labios pintados, pantalón vaquero ceñido y botas fuertes hasta media rodilla bien llenas de la justa mezcla de barro y cuchu. Daba paseos entre unos y otros y parecía una habitual de esos eventos porque saludaba aquí, paraba un rato más allá a echar una parrafada o preguntaba en otra esquina por los hijos de alguien o por la salud de una cara que echaba en falta.
Le sonó el móvil. “Ya era hora”, respondió, colgó al instante y salió del recinto de la feria. La seguí. A esas alturas ya me tenía intrigadísima. Un camión esperaba para descargar su mercancía compuesta por una docena de vacas y cuatro xatos hermosos, de piel parda reluciente, pezuñas impecablemente limpias y cuernos lustrosos. Estaba claro quién las había preparado. El conductor que se bajó del camión llevaba camisa de cuadros, pantalones de maón, pelo negro rizado y ofrecía un aspecto de lo más común. Se acercó a la rubia, la agarró por la cintura y le plantó un beso de película, echándola hacia atrás. “¿Echástemi de menos?”, preguntó. Ella no contestó. Se fue hacia la trasera del transporte y sin perder ni un segundo la sonrisa comenzó a descargar a los animales.

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