La última lista

Me encanta hacer listas. La de la compra, la de las tareas de la casa (con los nombres de a quién le toca hacer cada cosa en distintos colores: azul para Lena, verde para Teo y naranja para mí), la de los deberes del cole pendientes para el fin de semana, la de los gastos previstos para el mes… Me gusta la sensación de orden que esas listas le otorgan a mis días.

Porque en realidad todo es un pequeño caos desde hace unos meses.

“Las mudanzas es lo que tienen”, dice la abuela y remarca la palabra mudanza entrecomillándola con los dedos. No tengo muy claro que vayamos a entrar nosotros tres y sus dos gatos en su casa. “Pelos y Poli se acostumbrarán”, dice ella. “Van a estar encantados con los guajes”, sonríe. “Teo, Lena y tú podéis compartir cama una temporada, ya verás”, suaviza. Yo sólo pienso en mis alergias.

Hoy me he levantado a las cinco de la mañana para hacer la última revisión de esta lista que tengo entre manos desde hace semanas. Está todo preparado. Las tres maletas (una para cada uno con ropa, zapatos y utensilios de aseo), una bolsa de juguetes (les he hecho elegir cuatro cosas a cada uno, nada más) y dos cajas de libros.

Me he preparado un café y he echado un ojo a las ofertas de empleo. Nada nuevo. Ninguna solicitud respondida. No creo que el próximo mes pueda pagar la tarifa de internet del móvil. Mi madre dice que el telecentro del pueblo funciona de maravilla. Que haré amigas. Que los fines de semana vienen familias con niños a ver a sus abuelos, a respirar el maravilloso y limpio aire del monte. Que ya están floreciendo los cerezos. Vuelvo a pensar en mis alergias.

Teo me ha llamado desde la cama. Tiene pis. Dejo el café (que se ha quedado frío hace un rato) y llevo al niño al baño. Despierto a Lena. “¿Ya son vacaciones?”, me pregunta. “Sí, nena, hoy salimos para casa de güeli, en un ratín de nada”, le contesto.

Desayuno y ducha para los peques. Los visto y los siento en las maletas. Están guapos y limpios. Me visto y me ducho yo también. Guapa y limpia. Me han dicho que a veces viene la tele a estas cosas.

Dan las siete. Suena el timbre. Es Marisa. “Ya estamos todos, ¿estás lista?”, me pregunta y me da tres chapas rojas con letras blancas. “Está todo preparado para el viaje”, le digo mientras guiño un ojo y me contengo una lágrima. Sólo una. La única que me voy a permitir hoy.

Se escucha la llegada de un par de coches. “Es la policía”, me dice Marisa. Me termino de tragar la dichosa lágrima. Hay gritos fuera. Dicen que van a pararlo. No sé cuántos son. No quiero asomarme.

Miro la lista. Me falta meter el inhalador del asma. El polen del pueblo me mata en esta época.

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