Microficciones 1: Cuerpo

piernas en madrid

Hace meses que tapé todos los espejos de la casa con telas de diferentes colores que había ido acumuando de mis viajes. Hay quiénes se traen imanes, pero yo colecciono trozos de mantas, alfombras, sedas, etc.

No sucedió ningún hecho concreto que me hiciese tomar la decisión de taparlos, sino que fue más bien un cúmulo de sensaciones y sentimientos que me ahogaban desde hacía mucho. Miraba cada mañana mi reflejo en el del baño y no me veía a mí. Sólo había arrugas, grasa, granos, pelos, manchas, canas… Frente al del ascensor me retocaba el maquillaje y el flequillo, y en cada escaparate me recolocaba la ropa. Debía ser perfecta pero nunca lo estaba completamente.

Entonces, una mañana decidí tapar todos los espejos de mi casa. Empecé a bajar la vista en el ascensor y a ignorar los escaparates. Poco a poco fui descubriéndome de otra forma, conociéndome. Siempre había pasado completamente inadvertida entre conocidos y ajenos a pesar de lo perfecta que era, o tal vez por eso me ignoraban o no lograba trabar verdaderas amistades. En cuanto dejé de mirarme todo el tiempo a mí misma, la gente a mi alrededor comenzó a verme y a querer estar conmigo. Como si reapareciese después de haber estado años encerrada a solas con mi reflejo en el doble fondo de todos los espejos.

Hoy al salir de la ducha una turbonada de aire frío ha abierto la ventana del baño y la corriente se llevó la tela correspondiente (un tapiz gambiano de colores amarillos, naranjas y negros). El espejo quedó al desnudo. Como yo. Y me vi allí, por fin real. Por primera vez. Im-perfecta.

Ejercicio del taller de escritura. Anteriores escritos aquí

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