Puertas

PuertasPongamos que te dicen que no cruces esa puerta, que hay otras, que habrá más, que vendrán algunas nuevas con distintos paisajes detrás. Pero esa… Esa olvídala, como si no existiese.

Que la curiosidad mata a los gatos. Que las siete vidas tienen fecha de caducidad.

No mires por la mirilla si es que la tiene ni intentes husmear por el hueco de la llave. No hay nada que te pueda interesar. ¡Con la de opciones que se te ofrecen al otro lado de esas otras hermosas manillas!

Elige entre todo menos lo que realmente quieres. No será lo que deseas, pero algo será. Confórmate. No queda otra.

¿O sí?

Tal vez puedas abrirla aunque te digan que está cerrada con mil candados. Tal vez sea como esas portillas de las casas de los pueblos pequeños que nunca jamás echan el pestillo, aunque por fuera parezcan infranqueables.

Simplemente acércate, prueba.

Quizás puedas cruzar al otro lado y descubrir que -al menos- sigues aquí.

Carnicería vegetal

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Todos los días se sentaban en el banco del jardín después de desayunar. Daba igual que hiciese frío, que lloviese o que la helada de la madrugada aún estuviese presente; nadie les quitaba sus cinco minutos en silencio antes de comenzar la jornada.

Aquella mañana, el magnolio chino amaneció desnudo. Los pétalos de sus flores -poderosas y adelantadas a la primavera- habían quedado esparcidos por el suelo debido al vendaval de la noche anterior. La bruma del alba no presagiaba nada bueno.

-Parece una carnicería vegetal- dijo él.
-¿Hago croquetas para comer?- contestó ella.

Nada como la cotidianidad para ponerlo todo en su sitio.

Al descubierto

Cada vez que intento ordenarme los recuerdos -o el armario- ocurren sucesos sorprendentes que podréis creeros o no, pero que pasan y me convencen de nuevo de las bondades de determinadas dosis de caos en mis recuerdos y -por supuesto- en los armarios.

El pasado domingo, por ejemplo, mientras terminaba de revisar unas fotografías que aparecieron en un cajón, se pusieron en danza -sin haberlas convocado- cientos de imágenes de infancia que probablemente nunca sucedieron. Pero ahí estaban, relucientes.

Así, organizadamente, fueron desfilando sobre el tapete cada una de las  imaginarias vidas  que afrontaba en los trayectos de casa al cole y viceversa. Todos mis entretenimientos infantiles se conjuraron a la vez para saludar y hacer un paseíllo grácil, con piruetas, redoble de tambores y encaje de bolillos.

No sé si será que me hago mayor, pero la luz de la última hora de la tarde de los domingos hace tiempo que no me genera la angustia existencial tremenda (rozando la languidez romántica decimonónica) que desencadenaba hace unos meses.

Tras la orgía imaginaria de recuerdos revueltos, sobre el suelo se quedó una baraja desordenada. Boca arriba.

Claramente, debemos seguir jugando y ahora tenemos las cartas al descubierto.

Cósmico infinito

No es lícito
elogiar a los astros
si nunca has acariciado
-levemente al menos-
la locura.

¡Qué poca credibilidad tiene
quien regala cielos
si jamás le ha aullado a la noche!

Cuando asome el último cometa
montémonos sobre su estela
hasta la próxima parada.

Sólo billete de ida, gracias.

Entonces,
inventaré un nuevo conjuro y
vestiré mi capa de estrellas
para revolver nebulosas
como infinitos tirabuzones.

Y esparciré tormentas
-marejadas de lunas-
que desencadenen
todos los desastres.

Locuras quietas

Van y vienen los fríos
como bandadas desplumadas
que no terminan de anidar
en las almenas.

Algo inquieto está el aire
que ya no sabe por dónde buscar
una salida rápida
a sus últimos aprietos.

Yo ando con la cresta despeinada
y la camisa con arrugas.

Traigo ganas de dar brincos,
de hacerme fuerte en el sofá
y vencer en una guerra imaginaria
de sartenes y cosquillas.

La calma
-siempre-
se me muestra enloquecida.