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El Toñín

Salamanca. Junio de 2005. Fin de exámenes.

-¿Dónde está la playa más cercana?
-¡Santander!
-No, Molti, joder. En Portugal fijo.
-Pa ir a Portugal vamos a Santander.
-Venga, en serio. ¿Qué playa nos queda más cerca?
-Creo que Aveiro, ¿no?
-¿Vamos mañana? ¡Yo conduzco!

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La gente que te lleva a ver el mar se merece que rescates fotos de hace diez años.

¡Felicidades Toñín!

Postpleaños para…

fer“Es un tío serio”, es lo primero que se te viene a la cabeza si acabas de conocerle.

Mantiene las distancias. Observa. Analiza. Calibra. Mide. Acumula datos y sopesa variables. En silencio. Siempre en silencio o como mucho hablando sin estridencias, en un tono suave y tímido pero firme, nada seco.

Calladín. Sigiloso. Curioso.

“Es un tío coherente”, será lo que dirás más adelante si ya le conoces de hace tiempo.

Lo que no le gusta, no le gusta. Punto. Lo que defiende… A muerte. Es coherente de una forma férrea, que casi asusta porque el resto ni nos planteamos que eso sea alcanzable. ¿Si algo no está claro? Pues arruga el ceño, aprieta labios, chasquea la lengua y le dará un par de vueltas. Pero es que si algo no está claro terminará volviéndose oscurísimo porque el muy cabrón se equivoca poco. Defiende aquello en lo que cree, explota a veces y se muerde la lengua más de lo que muchos piensan.

“Es mi amigo”, dirás al tiempo.

Y entre birras, sidras, pinchos, tapas, música, vinos, kilómetros de carretera-tren-avión, bailes (sí, llegado el momento es capaz de despegar los pies del suelo y lo hace muy bien) y hasta abrazos fraternales demostrará que debajo de esas mil capas en las que lo entierra tiene un corazonzazo enorme para los colegas.

Cínico, friki, ácido, hacker, irreverente, constante, perverso, inteligente, borde, filósofo, estudiante, pedante, leal, vacilón, graciosillo, cabezón, guapo, frío, sencillo…

Hay muchas más cosas suyas que me gustan y otras tantas que detesto, pero hace ya mucho que decidí quererle tal cuál venía, con todo. Hace ya mucho que cruzó la barrera del amigo, la del socio, la del compañero, la del hermano… Hace ya tiempo que se instaló a un costado y que no es nada de lo de antes y lo es todo a la vez.

Da igual el ser, el estar…

Lo que importa es que vamos juntos.

¡Felicidades Fer!

Azoteas

Edward-Hopper-Rooftops-1926

Nada mejor que cambiar de perspectiva de vez en cuando. Buscar un muro, una silla o una piedra a la que subirte permite ver las cosas de manera diferente. Elevar la cámara por encima de la cabeza para apuntar sin mirar suele mejorar la foto.

Todo es cuestión de puntos de vista.

Las azoteas de Hopper (el cuadro de la imagen es “Rooftops”, de 1926) me dejaron clavada al suelo durante varios minutos. El murmullo y el ruido de las centenares de gallinejas presentes en la masificada exposición fue desapareciendo poco a poco. Sus azoteas me llevaron a las mías.

Y es que la perspectiva cambia también cuando cambias de calles. Las de mi pueblo por las de Barcelona, éstas por las de Madrid… Empaparse de contrastes ayuda a amplificar la visión general. Cuando pisas otras calles te las llevas irremediablemente a todas las que pisarás después.

Lo mismo pasa con las azoteas. Nada mejor que subirte a las de otras, aunque sea sentando el culo en una plaza a las 4 de la mañana. Así después, cuando miras, miras con tus ojos y los suyos. Este último fin de semana las azoteas de varios nuevos amigos -desvirtualizados a ritmo frenético- se han incorporado a mi vecindario particular. Cuando desde la mía no se vea nada claro, seguro que en las suyas encuentro una buena perspectiva que añadir al repertorio.

 

El año pasado había tocado Antonio López con resultado de microrrelato.

Cuentas pendientes

Llevo cinco años retrasando esta carta, pero no pienso convertirla en elegía ni en llanto.

Hace ya cinco años que te vi por última vez. Fue en Pucela. Fuiste la única que vino a verme durante mi estancia vallisoletana. Paseamos, comimos, bebimos vino de Toro casero que habías traído y sacaste fotos de los posos y los cercos que quedaron en el mantel para usarlas en un cartel que tenías en mente y que querías presentar a un concurso de esos de diseño que después ganabas. Entre todo lo que hablamos aquel día me quedo con nuestros planes de cara al año siguiente.

Porque era septiembre y este mes es para eso. Para hablar de lo que está por venir y de todo lo nuevo que nos espera.

A mí me aguardaba Uruguay.

Montevideo y su rambla y su decadencia y sus cartoneros y omnibuses y su Cinemateca y su Solís y su candombe se abrieron en enero. Me explotó dentro.

A ti te aguardaba Buenos Aires a partir de Semana Santa.

No pudo ser…

¿O sí?

Fuimos vecinas de orilla unos meses -no me corrijas que esta es mi carta y si yo digo que pasó, pasó. ¡Cabezona!- y cuando estuviste debidamente instalada te fui a ver. Habías conseguido una habitación en un piso de San Telmo compartido con una chica alemana y dos colombianas. En una calleja fuera de los recorridos turísticos. Un piso de esos enormes, de techos inalcanzables, suelos de mosaico y balcones para llenar de flores. En vez de vino, te habían empezado a inspirar los posos del mate y seguías diseñando carteles para presentar a concursos. Ya tenías ligue local -no podía ser de otra forma- y además del curso de diseño habías conseguido un curro en una agencia para pagar los gastos. Tenías localizados los mejores bares de empanadas y te habías echo la reina de las tertulias del parque Lezama.

Viniste a verme -por supuesto- y te llevé al Cerro y a la Feria de Tristán Narvaja el domingo. Nos escapamos al Cabo y decidimos que si algún día desaparecíamos del mundo aquel sería el lugar.

Creo que por eso no hay forma de localizarte.

Te has instalado en uno de los ranchitos frente al faro y disfrutas de sus 12 segundos de oscuridad cíclica cada noche. Alquilas habitaciones y cocinas para los turistas mientras les cuentas historias de tu tierra castellana que por aquellos lares resultan la mar de exóticas.

Prometo visita. Pronto.

Te quiero Pam. Todos los días.