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Sonidos que te viajan

Mendoza

Dame chacareras y candombe, chico, repique y piano, zamba, cueca, milonga y murga.

Hay sonidos que te lanzan, te llevan, te traen, te envuelven, revuelven, arañan.

Hay sonidos que te viajan.

El Nuevo Cancionero afirma que el arte, como la vida, debe estar en permanente transformación y por eso, busca integrar el cancionero popular al desarrollo creador del pueblo todo para acompañarlo en su destino, expresando sus sueños, sus alegrías, sus luchas y sus esperanzas.

 Programa Café del Sur dedicado a los 50 años del Nuevo Cancionero aquí.
Manifiesto del Nuevo Cancionero (1963) aquí.
Foto: Por una carretera de Mendoza, camino de los Andes (2008)

Cuentas pendientes

Llevo cinco años retrasando esta carta, pero no pienso convertirla en elegía ni en llanto.

Hace ya cinco años que te vi por última vez. Fue en Pucela. Fuiste la única que vino a verme durante mi estancia vallisoletana. Paseamos, comimos, bebimos vino de Toro casero que habías traído y sacaste fotos de los posos y los cercos que quedaron en el mantel para usarlas en un cartel que tenías en mente y que querías presentar a un concurso de esos de diseño que después ganabas. Entre todo lo que hablamos aquel día me quedo con nuestros planes de cara al año siguiente.

Porque era septiembre y este mes es para eso. Para hablar de lo que está por venir y de todo lo nuevo que nos espera.

A mí me aguardaba Uruguay.

Montevideo y su rambla y su decadencia y sus cartoneros y omnibuses y su Cinemateca y su Solís y su candombe se abrieron en enero. Me explotó dentro.

A ti te aguardaba Buenos Aires a partir de Semana Santa.

No pudo ser…

¿O sí?

Fuimos vecinas de orilla unos meses -no me corrijas que esta es mi carta y si yo digo que pasó, pasó. ¡Cabezona!- y cuando estuviste debidamente instalada te fui a ver. Habías conseguido una habitación en un piso de San Telmo compartido con una chica alemana y dos colombianas. En una calleja fuera de los recorridos turísticos. Un piso de esos enormes, de techos inalcanzables, suelos de mosaico y balcones para llenar de flores. En vez de vino, te habían empezado a inspirar los posos del mate y seguías diseñando carteles para presentar a concursos. Ya tenías ligue local -no podía ser de otra forma- y además del curso de diseño habías conseguido un curro en una agencia para pagar los gastos. Tenías localizados los mejores bares de empanadas y te habías echo la reina de las tertulias del parque Lezama.

Viniste a verme -por supuesto- y te llevé al Cerro y a la Feria de Tristán Narvaja el domingo. Nos escapamos al Cabo y decidimos que si algún día desaparecíamos del mundo aquel sería el lugar.

Creo que por eso no hay forma de localizarte.

Te has instalado en uno de los ranchitos frente al faro y disfrutas de sus 12 segundos de oscuridad cíclica cada noche. Alquilas habitaciones y cocinas para los turistas mientras les cuentas historias de tu tierra castellana que por aquellos lares resultan la mar de exóticas.

Prometo visita. Pronto.

Te quiero Pam. Todos los días.

Nómada II

mamaangeles

Hace unos días os contaba por aquí que en los últimos cinco años he vivido en siete lugares diferentes, en ocho casas con sus ocho habitaciones correspondientes y que tras la mudanza a Poble Sec ya son nueve casas y nueve habitaciones (más una terraza).

Mi señora madre diría que es cuestión genética y mi padre que hay que hacer cualquier cosa con tal de encontrar esa felicidad que nunca es completa 🙂

Pero repasando un poco el árbol genealógico se intuye algún patrón transhumante y nómada.

Don José (Vera) y Mamá Ángeles (a la izquierda de la foto con su hermana Carmen) eran andaluces de Carmona pero también fueron de los últimos de Filipinas. Él era rector de la Universidad de Manila y en el Archivo de Indias se guardan algunos de sus textos sobre fuentes y agua. Eran los abuelos de mi abuela paterna (que también se llamaba Ángeles). Ella -mi abuela- tenía una memoria prodigiosa y una gran pasión por las historias familiares y las contaba de una forma que era imposible aburrirse. Nunca me arrepentiré lo bastante de no haber pasado más tiempo con ella con una grabadora de por medio.  Su madre -la abuela Carmen, mi bisabuela- nació en Filipinas y le cantaba nanas en tagalo… Lulubu lilita oh, namalon namalani… No me pidáis que me acuerde de más (y menos que os la cante). También de vez en cuando sacaba acento sevillano y espetaba cosas como “La que lo tiene lo lushe y la que no s’hashe crushes”. Las vueltas del destino y la geopolítica de finales del siglo XIX hicieron que regresasen a España y -no sé muy bien cómo- terminaron en Piloña (Asturies). Por la otra rama de mi abuela paterna hay cazurros (dicho con todo el cariño del mundo) y amas de cría pasiegas (muchas entenderéis ahora cosas de mi fisionomía).

El padre de mi abuelo paterno Carlos tenía negocios en La Habana (Cuba) y cada vez que alguien conocido va por allí se le encarga una foto del céntrico edificio en el que tenían un comercio de venta de paño inglés, para hacer trajes. ¡Ya ves tú con el calorazo que hay en Cuba! Se volvieron y la casona de Villamayor sigue ahí como recuerdo. En Cuba entroncamos con mi familia materna, ya que el padre de mi abuelo salió de la aldea de Fresnadieyu (al lado de Ceceda, Nava) para ganarse unos cuartos por aquellas tierras. Ahora quedan primos (con los que mi abuelo Enrique parte praos) desperdigados por la isla, Puerto Rico, Miami y hasta Philadelphia. El encuentro con su primo Joseph, que vino a España hace unos años, fue memorable. Es de una edad similar a mi abuelo y no habla ni papa de español. Imaginaros a mi abuelo -que obviamente no habla ni papa de inglés- explicándole que el lunes se lo iban a pasar de muerte porque había feria de ganao en Infiestu.

Mi abuela materna se llama Lupe en honor a la virgen de Guadalupe porque su padre -el abuelo Ricardo- vivía y trabajaba en México. Cada tanto volvía a La Vega, donde le esperaba la bisa María. Y aquí me detengo porque ella hizo el viaje al revés. Es la única bisabuela a la que conocí -junto con el abuelo Pedro, padre de mi abuela Ángeles- y la recuerdo vestida entera de negro, con pañuelo en la cabeza y frágil como un pajarín, pero de frágil no tuvo un pelo en toda su vida. Un marido siempre ausente al otro lado del Atlántico, la vida del campo y un hijo adolescente fusilado en la Guerra Civil son cosas que curten. La bisa María nació en Argentina y aquí es donde tengo un montón de lagunas. No sé a qué edad se volvió (en barco obviamente) ni cuántos hermanos dejó. Sé que dos fijo. Uno terminó en Cuba en plena época de la revolución y fue guerrillero. El otro fue el abuelo de mi tía María Elisa. Tía así de cercana a pesar de la distancia consanguínea porque desde niña se escribió cartas con mi madre y el año que yo viví por aquella orilla su casa de Buenos Aires siempre fue mi casa. Y sé que sigue siéndolo. Psicoanalista lacaniana, conversadora incansable y amorosa como pocas. Aquellas cartas enviadas escritas en papel finísimo y enviadas en sobres con los bordes azules y rojos (que son los que se usaban para mandar correo por avión, por si no lo recordáis) se han transformado hoy en mails y feisbus que acortan las distancias y los tiempos.

Podría haberlo contado de forma mucho más literaria pero creo que esto sólo son unos primeros apuntes para darme cuenta de todo lo que me falta por saber. Tal vez haya que ponerse a ello. Mirar atrás para cubrirse las espaldas y seguir.

Tal vez algún día me decida y lo haga.

Material sobra.

Macarena

La conocí hace tres años en Montevideo.

Febrero y verano en el Cono Sur.

Resaca de carnaval y candombe.

Más que conocerla la vi.

La saludé discretamente y me senté a escucharla junto a otros periodistas, un ramillete de microfónos, grabadoras y el embajador argentino como apoyo por ser el país de sus abuelos y de sus padres biológicos.

Macarena tenía los ojos más tristes que he visto nunca. Hablaba con determinación y fuerza, segurísima de lo que contaba y de cada una de sus palabras.

A pesar de la cercanía generacional -sólo me saca seis años- la distancia histórica y vital no podía ser mayor. Yo tenía en mente cuatro días tirada al sol del Cabo Polonio y ella pedía la investigación de “cementerios clandestinos” y que se interrogase a más militares.

Macarena nació en una dictadura y creció con unos padres que la querían mucho pero que no lo eran. A su padre de verdad lo mataron en la otra orilla del Río de la Plata por ser joven, pensar por sí mismo y no morderse la lengua. A su madre, embarazada, la trasladaron a Uruguay y tras nacer la niña se perdió la pista de ella.

Desaparecida.

Una más. Una de miles.

Meses después, en el invierno de julio la volví a ver en un homenaje a Eduardo Galeano, gran amigo de su abuelo Juan Gelman. Se mostraba tranquila, relajada, bien arropada. Pero esos ojazos tristes seguían ahí, buscando siempre. Y en mi cabeza sólo entraban las vacaciones y agosto en España.

Ahora está a la espera de que su país acate una orden de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Uruguay debe admitir públicamente su responsabilidad internacional en la desaparición de su madre. Nada más y nada menos.

Espero que al menos en la melancolía que la acompaña hoy se dibuje una sonrisa. Porque seguro que mantiene esa tristeza y hoy, en mi cabeza, está ella. Macarena.

Vacaciones 3

Creo que aún no había expuesto en este blog mi teoría sobre la carencia de vuelo de los pingüinos y ya va siendo hora. Para ser justa, la teoría se la debo a un compañero del colegio mayor de Oviedo, buena pieza y actual “cerebro fugado” de la nación que ejerce de científico en New York.
Los pingüinos no vuelan por la simple razón de que se les olvidó que pueden. Y la mayoría os habréis quedado perplejos y os preguntaréis que narices habrá desayunado esta… Pero os lo explico con calma. Se trata de procurar no ser pingüinos, es decir, que no se nos olvide “que podemos”… ¿Y con qué podemos? ¡Con lo que nos echen! Y precismante antes de ver cara a cara a estos animalejos me tuve que aplicar la teoría en propia carne y convencerme de que podía conducir a pesar de llevar ¿un año? si ponerme al volante.
Respiré hondo y p’alante… que si ancha es Castilla, la Patagonia ni os lo imaginais y entre carreteras de ripio y paradas estratégicas para sacar fotos y disfrutar un poco le dimos la vuelta a la Península Valdés y nos echamos a la espalda casi 600 kilómetros en 26 horas.¿Resultado de la locura? Lobos, leones, elefantes y hasta “osos” marinos, pingüinos, ballenas francas australes, el atlántico sur azul profundo y un armadillo “aperrao” que parecía Luna pidiendo comida.
Si alguien se acerca por allí a partir de enero que no dude en parar en la playa del Doradillo (en el camino desde Puerto Madryn hacia Puerto Pirámides por la costa), que busque el único puesto de comida que habrá allí y se coma un choripán a mi salud.
La tarde que paramos en el Doradillo un matrimonio jugaba con una nena en la orilla, y paseaban despacito, sonriendo… El hombre nos contó que acababan de concederle el permiso para montar el primer (y único) chiringo de esa playa y ya tenía claro lo que iba a armar y ofrecer a los turistas en cuanto llegase la temporada.
Tenía cara de haber recordado que podía volar.