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Charcos diminutos

polonio

Anoche soñé que me despertaba exactamente en el mismo sitio en el que estaba hace siete años. Creo que es cosa de la lluvia constante y del frío que parece que no se va a ir nunca, aunque sabemos que le toca ir remitiendo y desplazándose hacia el sur del sur, que desde allí vendrá el calor. Es el mundo al revés. Las estaciones inversas.

Marzo de 2008. Cabo Polonio. No hay nada más que agua y arena. Viento, leones marinos, un faro que deja doce segundos de oscuridad, cabañas de madera y sal. Peces recién salidos de las redes para cenar y una hoguera. La luz hace de despertador cuando se cuela por ese ventanuco desde el que veo el mar. El charco.

El charquito.

Aquel año también hubo accidentes horribles de aviones y guerras y penas. Pero también hubo buena música y encuentros con gente que se queda, visitas, cenas y viajes.

Sueño porque no llega el calor, porque siempre quiero volver. Por suerte hay gente que me lo acerca constantemente.

Cuentas pendientes

Llevo cinco años retrasando esta carta, pero no pienso convertirla en elegía ni en llanto.

Hace ya cinco años que te vi por última vez. Fue en Pucela. Fuiste la única que vino a verme durante mi estancia vallisoletana. Paseamos, comimos, bebimos vino de Toro casero que habías traído y sacaste fotos de los posos y los cercos que quedaron en el mantel para usarlas en un cartel que tenías en mente y que querías presentar a un concurso de esos de diseño que después ganabas. Entre todo lo que hablamos aquel día me quedo con nuestros planes de cara al año siguiente.

Porque era septiembre y este mes es para eso. Para hablar de lo que está por venir y de todo lo nuevo que nos espera.

A mí me aguardaba Uruguay.

Montevideo y su rambla y su decadencia y sus cartoneros y omnibuses y su Cinemateca y su Solís y su candombe se abrieron en enero. Me explotó dentro.

A ti te aguardaba Buenos Aires a partir de Semana Santa.

No pudo ser…

¿O sí?

Fuimos vecinas de orilla unos meses -no me corrijas que esta es mi carta y si yo digo que pasó, pasó. ¡Cabezona!- y cuando estuviste debidamente instalada te fui a ver. Habías conseguido una habitación en un piso de San Telmo compartido con una chica alemana y dos colombianas. En una calleja fuera de los recorridos turísticos. Un piso de esos enormes, de techos inalcanzables, suelos de mosaico y balcones para llenar de flores. En vez de vino, te habían empezado a inspirar los posos del mate y seguías diseñando carteles para presentar a concursos. Ya tenías ligue local -no podía ser de otra forma- y además del curso de diseño habías conseguido un curro en una agencia para pagar los gastos. Tenías localizados los mejores bares de empanadas y te habías echo la reina de las tertulias del parque Lezama.

Viniste a verme -por supuesto- y te llevé al Cerro y a la Feria de Tristán Narvaja el domingo. Nos escapamos al Cabo y decidimos que si algún día desaparecíamos del mundo aquel sería el lugar.

Creo que por eso no hay forma de localizarte.

Te has instalado en uno de los ranchitos frente al faro y disfrutas de sus 12 segundos de oscuridad cíclica cada noche. Alquilas habitaciones y cocinas para los turistas mientras les cuentas historias de tu tierra castellana que por aquellos lares resultan la mar de exóticas.

Prometo visita. Pronto.

Te quiero Pam. Todos los días.