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De tiempos y prisas

Al acercarse a la nevera para sacar la leche del desayuno volvió a encontrarse con aquella nota amarilla sujeta con un imán que alguien le trajo de un viaje a Estambul. “¡¡¡Llama a mamá!!!”, se podía leer. Llevaba ahí colgada una semana. Lo haría esa noche cuando volviese del trabajo. Se repetía lo mismo todos los días pero siempre terminaba regresando más tarde de lo esperado o más cansada y o ya no eran horas para llamar a su casa o no tenía ganas o simplemente se le olvidaba. “Esta noche llamo sin falta”, se dijo revolviendo el café y mirando fijamente los azulejos de la cocina. “Tengo que pegarles un buen fregao que están de grasa que dan asco. A ver si el domingo me levanto sin resaca y pongo lavadora y hago un zafarrancho general de limpieza”, meditó.

Ducha. Lavar dientes. Secar pelo. Ropa. Asomarse a la ventana. Cambiarse de ropa. Reloj. “Ya voy tarde”. Llaves. Espejo. Carpeta. Abrir puerta. Cerrarla. Calle.

Apuró el paso hacia su clase de inglés. Aquel mes había decidido caminar en vez de sacarse el abono de transporte. Quedaban tres meses para el verano y con lo que ahorrase a lo mejor podía pagarse una escapada a Madrid a ver a los amigos que tenía allí. Hacía mucho que las vacaciones se reducían a ir al pueblo y como mucho a pasar tres o cuatro días en lugares en los que disponía de sofás que ocupar con confianza. Ir caminando a clase implicaba salir media hora antes de casa y otra media hora de vuelta. Por suerte le habían cambiado el turno del intensivo e iba de 10 a 12.30 los lunes, miércoles y jueves. Esos días procuraba dejar la comida preparada la noche anterior porque tenía que comer a la una en punto para poder entrar a trabajar a las tres de la tarde. Los martes eran su única mañana libre y aprovechaba para ir a hacer la compra y otros recados, ya que viernes y sábados tenía turno de trabajo partido.

Bip bip. Un mensaje en el móvil. Era Pili. “Estoy en la pausa para el café. ¿Tomamos una esta noche cuando salgas? Juanjo tiene nocturno. He conseguido que se quede mi madre con la enana un rato más y me puedo escapar una horita”. Llevaban tres meses intentando quedar si éxito desde que a su amiga se le terminó la baja por maternidad y volvió a trabajar. No había querido pedir la reducción de jornada por miedo a que en su empresa no les sentase bien. “Ya se tomaron bastante regular que rechazase el traslado a Sevilla cuando me quedé embaraza”, le había explicado la última vez que hablaron del tema. “A ver cómo les hago entender que necesitamos a la familia cerca para cuidar de la peque”, comentaba sin lamentarse, con la frialdad absoluta de quienes aceptan la realidad tal como viene, sin cuestionarse nada más allá de la rutina diaria porque bastante tienen con seguir.

-“Claro. Salgo a las 9. ¿Avisas a Sandra? Así la sacamos un poco”- respondió pensando en su otra ex compañera de trabajo. Las habían despedido a todas a la vez hacía ya tres años en el primer ERE de su empresa, que terminó cerrando ocho meses después. Sandra era la única que seguía en el paro y había tenido que volver a vivir a casa de sus padres. Al principio se veían mucho pero después, entre los horarios de unas y otras, las temporadas de silencios, los agobios varios, las parejas, otros grupos de amigos, las rutinas personales, etc. los encuentros se habían ido reduciendo aunque seguían en contacto regular por las redes sociales.

-“Genial y que nos cuente algo del grupo ese al que se ha apuntado, que fue el otro día a la primera reunión. Te recojo a las 9”- contestó rápidamente Pili. Sandra les había comentado hacía unos días que en un curso del paro había conocido a una chica que formaba parte de un colectivo feminista y que se iba a acercar a ver qué le contaban. Sonaba genial y a ella le encantaría poder ir también, pero con sus horarios lo veía totalmente imposible.

Sonó el teléfono justo cuando llegaba al portal de la academia. Era su madre. Colgó y subió las escaleras. La llamaría esa noche. Sin falta.

Ejercicio del taller de escritura. Anteriores escritos aquí

Ella fue la primera

Haca varias semanas hice un breve repaso a los libros que me han acompañado a lo largo de mi vida, una especie de recorrido literario paralelo a mi crecimiento, por llamarlo de alguna forma. Repasándolo después me di cuenta de que faltaba alguien muy importante para explicar mi relación con las letras y con la poesía en concreto: Gloria Fuertes.

gloriaEl colegio al que yo iba organizaba siempre un festival de obras de teatro y villancicos en Navidad. Recuerdo perfectamente la primera vez que vi “Las Tres Reinas Magas”. La representaron los de un curso superior al mío y era genial: tres chicas protagonistas, con voces propias, contra la guerra. Y el texto era de una mujer que no cumplía con nada de lo que se esperaba de las mujeres: la voz ronca, las corbatas, el pelo… Obviamente, de aquella no pensaba yo tanto en estas cosas, pero mirándolo con distancia puedo afirmar claramente que Gloria Fuertes fue el primer ejemplo femenino alternativo en el que puse lo ojos.

Y después de los programas de la tele y las poesías infantiles llegó el descubrir su voz madura y lo cierto es que siempre tengo pendiente leerla con más calma, con más tiempo, con la dedicación que se merece. Porque le debo mucho más de lo que soy consciente.

Nací Para Poeta O Para Muerto

Nací para poeta o para muerto,
escogí lo difícil
-supervivo de todos los naufragios-,
y sigo con mis versos,
vivita y coleando.

Nací para puta o payaso,
escogí lo difícil
-hacer reír a los clientes desahuciados-,
y sigo con mis trucos,
sacando una paloma del refajo.

Nací para nada o soldado,
y escogí lo difícil
-no ser apenas nada en el tablado-,
y sigo entre fusiles y pistolas
sin mancharme las manos.

Más mujeres: Violeta Parra
Natalia Ginzburg

 

Microficciones 3: Amor

gemelinas

Salí de la cama con cuidado de no hacer ruido y así evitar despertarle. Busqué a tientas las bragas por el suelo y me puse su camiseta porque la encontré antes que la mía. Cogí el móvil de la mesita, salí de puntillas y cerré suavemente la puerta. Quería ese primer rato de la mañana para mí sola.

El sol que entraba por la ventana de la cocina -totalmente empapada de rocío- dibujaba mini arcoiris sobre los azulejos. Calenté el café y me hice un par de tostadas. Con todo preparado le escribí a Asun. Tenía que ser la primera en saberlo.

-Nena, nos mudamos juntos, lo decidimos anoche.
-¡Ya era hora! – respondió casi al instante y sonó el teléfono. Odia escribir. Prefiere hablar un rato.
-Yo estoy camino del curro tía, pero a ver cuál es tu excusa para estar despierta un sábado tan temprano después de la nochecita de celebración que os habréis pegado – me dijo en tono de bronca y de coña a la vez.
-Quería estar sola un rato y contártelo antes de que se despierte – contesté.
-Pues a partir de ahora lo de estar sola se te terminó, morena – y se rió a carcajadas.
-Nada de eso, que lo tenemos más que hablado. Cada uno su espacio. Cero dependencias enfermizas. Ese bicho está bien muerto – confesé.
-¡Genial entonces! Pero sabes que no te creo mucho. ¿Me lo cuentas esta noche con una caña? Que llego tarde.
-Vale guapi. ¡Buen sábado! ¿Has echado la primi?
-Joder no, a la hora de comer saco dos minutos. ¿Eso se lo has contado? – la pregunta sonó pícara pero seria y la verdad es que nunca me había planteado la necesidad de explicarle a Ricardo para qué echaba cada semana la lotería con Asun.
-No. No necesita saber tanto de mi vida, jajaja. Te quiero más a ti.
-Jajajaja, ¡perra! Vale. Hasta la noche. Disfruta.

Colgamos y le pegué un bocado al pan con mantequilla. Revolví el café y me quedé riéndome sola de la cara que pondría Ricardo cuando le explicase que si algún día me tocaba la primitiva el dinero sería para comprarme una casa en el norte a la que retirarme de viejecita con Asun. Llevábamos echándola todas las semanas desde que nos conocíamos, hacía ya diez años.

Tendría que explicarle que no es el único amor de mi vida.

Asomó la cabeza por la puerta de la cocina justo en ese momento, frotándose los ojos como un niño pequeño y con el pelo totalmente revuelto.

-¿De qué te ríes? Vuelve a la cama un rato, anda – dijo en tono meloso y tendiéndome una mano.
-Vale, voy, pero después recuérdame que tengo que explicarte una cosa sobre la lotería.

Ejercicio del taller de escritura. Anteriores escritos aquí

 

Microficciones 2: Espacio

de viajeSiempre me hago la dormida cuando viajo en transporte público. Me pongo los cascos con la música bien alta, me ovillo en mi asiento y me aislo del mundo. No me gusta que me miren o que alguien desconocido  intente entablar una conversación. Prefiero no existir en los trayectos. Son un mero trámite entre el salir y el llegar, que es lo que realmente me importa.

Odio estar sola rodeada de gente que no conozco y la ansiedad que eso me genera sólo la controlo desapareciendo. Dormir o fingir el sueño son las mejores formas de volverse invisible durante un viaje.

El problema es que a veces -sobre todo si el recorrido es largo- me duermo de verdad y el otro día me desperté plácidamente recostada en el hombro de la señora con la que compartía asiento. ¡Qué maravilla de siesta! Tras semanas de insomnio era el primer rato en el que lograba descansar de verdad. Olía fenomenal y llevaba una chaqueta que me recordaba a alguno de mis peluches de infancia.

Ella también dormía tranquila así que no me dio mucha vergüenza, sobre todo cuando entreabrió un ojo y me dí cuenta de que también fingía el sueño. Así que la dejé reacomodarse en mi hombro, aunque yo ya no volvía a dormirme ni de verdad ni de mentirijillas. Apagué la música y fui sonriendo todo el resto del trayecto. Comprendí que en viaje en sí también importa.

Ejercicio del taller de escritura. Anteriores escritos aquí

Saldando deudas

El ejercicio de esta semana para el taller trata de elegir a una de las autoras de las que hemos leído textos y ficcionar una página de su diario. Repasando los trabajos de estas diez semanas me he dado cuenta de que he descubierto a muchas escritoras y no he hablado de ninguna. Igualmente, cada tanto me encuentro con alguna poeta, música, fotógrafa, cineasta, dibujante o nueva amiga de las que nunca hablo. Hay muchas a las que regreso constantemente de las que tampoco digo nada. He decidido cambiar esa rutina y cada semana intentaré hablaros de alguna mujer que me guste, que me haya marcado por lo que hace, dice o muestra.

Creo que es la hora de comenzar a saldar mis deudas así que inauguro nueva categoría en este blog: “Mujeres”.

Empiezo con la autora que he elegido para mi ejercicio: Natalia Ginzburg

Su texto “Los zapatos rotos” -que se encuentra dentro de Las pequeñas virtudes. Acantilado, Barcelona, 2002- es de esos que relees con ganas, que parecen simples pero que están llenos de detalles, de trasfondos, de dolores y rutinas. Sin saber nada de su biografía, en sus letras ya se intuye a una mujer fuerte, soñadora y a la vez tremendamente realista. En cuanto se rasca un poco en su historia se confirman las sospechas.

Su mirada sólo invita a leerla entera.

natalia ginzburg

Y es que encima te dice “hola” desde su Turín de 1949 y te regala frases con las que te sientes plenamente identificada hoy 3 de julio de 2014, a dos semanas de cumplir los 32, la misma edad que tenía ella cuando escribió esto:

Mi oficio es escribir, y lo sé bien y desde hace mucho tiempo. Espero que no se me interprete mal: no sé nada sobre el valor de lo que puedo escribir. Sé que escribir es mi oficio. (Texto “Mi oficio”, también dentro de Las pequeñas virtudes)