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Reconciliación

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Parece que ya puedo decir claramente que me he reconciliado con esta ciudad. Ha cambiado mucho respecto a la que viví entre 2000 y 2002, pero tampoco yo soy la misma. No las tenía todas conmigo hace (casi) un año cuando regresé, pero a día de hoy sé que no me equivoqué para nada, que estoy donde tengo que estar… Y más importante: Quiero estar aquí.

Puede que ésta os parezca una afirmación tonta, pero llevo años de tumbos porque siempre pensé que nunca estaba donde quería estar y entonces había que buscar nuevo destino y volver a empezar todo el rato. Pero -por el momento- tengo que hacer muchas cosas que sólo puedo hacerlas con la tranquilidad que me da estar aquí, con la familia y la mar cerca. Ayuda sin duda tener un curro de supervivencia que no me quita el sueño ni me da quebraderos de cabeza y que me deja el tiempo libre necesario para hacer lo que quiero.

No tengo cerca ni a la mitad de la gente que me importa, pero el contacto se mantiene y «están» de mil formas.

No es mi ciudad favorita del mundo pero ya tengo bar favorito.

Es una ciudad que me permite andar lenta y pensar despacio, pero que me deja acelerarme tan a gusto que me puedo ir a dormir con unos puntos suspensivos colgando de la comisura de los labios.

Nómada II

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Hace unos días os contaba por aquí que en los últimos cinco años he vivido en siete lugares diferentes, en ocho casas con sus ocho habitaciones correspondientes y que tras la mudanza a Poble Sec ya son nueve casas y nueve habitaciones (más una terraza).

Mi señora madre diría que es cuestión genética y mi padre que hay que hacer cualquier cosa con tal de encontrar esa felicidad que nunca es completa 🙂

Pero repasando un poco el árbol genealógico se intuye algún patrón transhumante y nómada.

Don José (Vera) y Mamá Ángeles (a la izquierda de la foto con su hermana Carmen) eran andaluces de Carmona pero también fueron de los últimos de Filipinas. Él era rector de la Universidad de Manila y en el Archivo de Indias se guardan algunos de sus textos sobre fuentes y agua. Eran los abuelos de mi abuela paterna (que también se llamaba Ángeles). Ella -mi abuela- tenía una memoria prodigiosa y una gran pasión por las historias familiares y las contaba de una forma que era imposible aburrirse. Nunca me arrepentiré lo bastante de no haber pasado más tiempo con ella con una grabadora de por medio.  Su madre -la abuela Carmen, mi bisabuela- nació en Filipinas y le cantaba nanas en tagalo… Lulubu lilita oh, namalon namalani… No me pidáis que me acuerde de más (y menos que os la cante). También de vez en cuando sacaba acento sevillano y espetaba cosas como «La que lo tiene lo lushe y la que no s’hashe crushes». Las vueltas del destino y la geopolítica de finales del siglo XIX hicieron que regresasen a España y -no sé muy bien cómo- terminaron en Piloña (Asturies). Por la otra rama de mi abuela paterna hay cazurros (dicho con todo el cariño del mundo) y amas de cría pasiegas (muchas entenderéis ahora cosas de mi fisionomía).

El padre de mi abuelo paterno Carlos tenía negocios en La Habana (Cuba) y cada vez que alguien conocido va por allí se le encarga una foto del céntrico edificio en el que tenían un comercio de venta de paño inglés, para hacer trajes. ¡Ya ves tú con el calorazo que hay en Cuba! Se volvieron y la casona de Villamayor sigue ahí como recuerdo. En Cuba entroncamos con mi familia materna, ya que el padre de mi abuelo salió de la aldea de Fresnadieyu (al lado de Ceceda, Nava) para ganarse unos cuartos por aquellas tierras. Ahora quedan primos (con los que mi abuelo Enrique parte praos) desperdigados por la isla, Puerto Rico, Miami y hasta Philadelphia. El encuentro con su primo Joseph, que vino a España hace unos años, fue memorable. Es de una edad similar a mi abuelo y no habla ni papa de español. Imaginaros a mi abuelo -que obviamente no habla ni papa de inglés- explicándole que el lunes se lo iban a pasar de muerte porque había feria de ganao en Infiestu.

Mi abuela materna se llama Lupe en honor a la virgen de Guadalupe porque su padre -el abuelo Ricardo- vivía y trabajaba en México. Cada tanto volvía a La Vega, donde le esperaba la bisa María. Y aquí me detengo porque ella hizo el viaje al revés. Es la única bisabuela a la que conocí -junto con el abuelo Pedro, padre de mi abuela Ángeles- y la recuerdo vestida entera de negro, con pañuelo en la cabeza y frágil como un pajarín, pero de frágil no tuvo un pelo en toda su vida. Un marido siempre ausente al otro lado del Atlántico, la vida del campo y un hijo adolescente fusilado en la Guerra Civil son cosas que curten. La bisa María nació en Argentina y aquí es donde tengo un montón de lagunas. No sé a qué edad se volvió (en barco obviamente) ni cuántos hermanos dejó. Sé que dos fijo. Uno terminó en Cuba en plena época de la revolución y fue guerrillero. El otro fue el abuelo de mi tía María Elisa. Tía así de cercana a pesar de la distancia consanguínea porque desde niña se escribió cartas con mi madre y el año que yo viví por aquella orilla su casa de Buenos Aires siempre fue mi casa. Y sé que sigue siéndolo. Psicoanalista lacaniana, conversadora incansable y amorosa como pocas. Aquellas cartas enviadas escritas en papel finísimo y enviadas en sobres con los bordes azules y rojos (que son los que se usaban para mandar correo por avión, por si no lo recordáis) se han transformado hoy en mails y feisbus que acortan las distancias y los tiempos.

Podría haberlo contado de forma mucho más literaria pero creo que esto sólo son unos primeros apuntes para darme cuenta de todo lo que me falta por saber. Tal vez haya que ponerse a ello. Mirar atrás para cubrirse las espaldas y seguir.

Tal vez algún día me decida y lo haga.

Material sobra.

Nómada

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Me he puesto a echar cuentas y en los últimos cinco años he vivido en siete lugares diferentes, en ocho casas con sus ocho habitaciones correspondientes:

  • 2007: Salamanca + Valladolid
  • 2008: Montevideo (Uruguay) —> Dos apartamentos distintos
  • 2009: Madrid + Oviedo + Poo de Llanes
  • 2010: Poo de Llanes
  • 2011: Poo de Llanes
  • 2012: Barcelona

Todo esto sin contar las excursiones, viajes y demás escapadas a lugares que se han convertido en imprescindibles para entender cómo soy: Roma, Buenos Aires, Usuhaia, Península Valdés, los dos Cabos (el Polonio en la foto y el Peñas en la tierrina), Gijón, Santander, Toro, Málaga, Sevilla…

Me declaro yonqui de los momentos de cambio, de los puntos suspensivos y del recomenzar continuo.

Tras cuatro meses en Barna toca asentarse en un nuevo emplazamiento (serán entonces siete lugares pero con nueve casas y nueve habitaciones diferentes) y las perspectivas de mudanza siempre me generan dualidad de ánimo.

Alguien me dijo hace muchos años que «el dolor no está en el futuro sino en los cambios, pero es imposible esquivarlos si se pretende avanzar».

Así que a ello vamos. A seguir p’alante.

Por suerte la compañía (tanto de los que están aquí como lejos) es inmejorable y así las cosas sólo pueden salir bien 🙂