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Vientos

Catedral

Le gustaba su rutina. Solía decir que no había nada mejor que hacer todos los días lo mismo para tener estabilidad y dormir tranquila. No le gustaban los sustos ni los disgustos y las sorpresas la descomponían. Lo que no contaba era que tenía un pastillero metálico escondido en la mesita de noche y que probaba todo tipo de infusiones relajantes para acallarse los runrunes.

Lo que tampoco decía era que -dentro de esa rutina que abrazaba- se permitía ciertas dosis de improvisación a diario. Dejaba que los vientos marcasen el recorrido que iba a seguir de casa al trabajo y viceversa.

El nordeste solía traer cielo azul despejado y sol, nubes blancas altas en ocasiones y el fresquito justo para no pasar calor en verano. Esos días salía con tiempo suficiente de casa para acercarse a la zona vieja antes de empezar la jornada laboral. Pasaba por delante de un par de institutos y atravesaba el parque del centro de la ciudad. Lo llamaban el “Campo” y era el sitio ideal para percibir el cambio de estaciones. Árboles enormes y viejos compartían espacio con un estanque lleno de patos, cisnes y pavos reales. Recuerda que de niña no la dejaban atravesarlo sola porque era zona de encuentro de “maleantes”, que decía su madre. Ahora volvía a ser zona de encuentro, pero de parados o abuelos de ojos perdidos cuidando de nietos estridentes.

Tras cruzar el parque cogía una calle recta que se iba estrechando y a medida que avanzaba iba apareciendo la torre de la catedral. “Vetusta” la llamó un escritor de siglos pasados y así se le quedó de sobrenombre a la ciudad. ¡Qué bien encajaban aún ciertas descripciones y personajes de entonces con lo que se encontraba a su paso! Desde la plaza de la catedral giraba hacia el Ayuntamiento, pasaba por la antigua plaza del mercado y sus soportales de piedra y a veces compraba flores en los puestos que a diario alegraban aquella zona. Al llegar al trabajo la recepcionista siempre le día: “¡Cómo se nota que salió el nordeste hoy!”

Los vientos la empujaba ya sin pensar en una u otra dirección y las calles que cruzaba marcaban también su estado de ánimo.

Por eso, los día que los vientos soplaban del oeste -”gallegu” le dicen a esos aires- y traían cielo gris oscuro y agua, agarraba fuerte el paraguas y apretaba el paso. Enfilaba la ronda atestada de tráfico y dejaba que las aceras anchas y los semáforos la arrastrasen sin pensar mucho. No le gustaban nada aquellos edificios enormes con cuadros de colores en las fachadas que habían construido hacía poco más de una década en la zona de soterramiento del ferrocarril. Echaba de menos ver cómo los trenes entraban y salían en todas direcciones. Uno de sus pasatiempos de juventud favoritos había sido ir a sentarse a los bancos que había frente a la estación del Norte. La falta de dinero para otras distracciones se suplía comiendo pipas e inventando historias con la pandilla sobre el trajín de pasajeros, las maletas, hacia dónde iban o quién los esperaba en el andén. Buenos tiempos.

Desde la estación de tren cogía la calle principal de la ciudad. El eje comercial. Un centro urbano de fachadas decimonónicas remodeladas que por dentro se habían quedado huecas de alma e historias. Despachos de abogados, gestorías, agencias de publicidad, tiendas, tiendas, tiendas… Al final estaba el parque de nuevo, pero en los días de “gallegu” lo cruzaba rápida, sin fijarse en nada ni en nadie.

Le gustaba su rutina. Pero aquel día, al salir del portal, notó que olía a mar. A Cantábrico embravecido. El salitre lo impregnaba todo y las aceras empezaban a acumular arena y conchas.

Soplaba viento del norte por primera vez en años. Tocaba cambiar el rumbo.

Tercer ejercicio del taller de escritura “Escribo, luego soy. Ficción autobiográfica”
Primer ejercicio: “Yo y mis libros”
Segundo ejercicio: “Mantra gestual”

Reconciliación

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Parece que ya puedo decir claramente que me he reconciliado con esta ciudad. Ha cambiado mucho respecto a la que viví entre 2000 y 2002, pero tampoco yo soy la misma. No las tenía todas conmigo hace (casi) un año cuando regresé, pero a día de hoy sé que no me equivoqué para nada, que estoy donde tengo que estar… Y más importante: Quiero estar aquí.

Puede que ésta os parezca una afirmación tonta, pero llevo años de tumbos porque siempre pensé que nunca estaba donde quería estar y entonces había que buscar nuevo destino y volver a empezar todo el rato. Pero -por el momento- tengo que hacer muchas cosas que sólo puedo hacerlas con la tranquilidad que me da estar aquí, con la familia y la mar cerca. Ayuda sin duda tener un curro de supervivencia que no me quita el sueño ni me da quebraderos de cabeza y que me deja el tiempo libre necesario para hacer lo que quiero.

No tengo cerca ni a la mitad de la gente que me importa, pero el contacto se mantiene y “están” de mil formas.

No es mi ciudad favorita del mundo pero ya tengo bar favorito.

Es una ciudad que me permite andar lenta y pensar despacio, pero que me deja acelerarme tan a gusto que me puedo ir a dormir con unos puntos suspensivos colgando de la comisura de los labios.

Músiquina para volar (o para que te vuelen la cabeza)

“Mari, ya podías escribir una crónica de lo de anoche”, me dice Helena. Y como ya he cambiado las sábanas de la cama (tarea muy de domingo) y parece que la resaca remite (también muy de este día de la semana) tengo que ponerme a ello. Se lo debo. Eso sí, vaya de antemano que como esto es mi blog me temo que no va a salirme nada “profesional” ni aséptico.

Sábado de curro. De diez de la mañana a nueve de la noche en la tienda. Cuando me toca finde lo único que quiero hacer al salir es volver a casa, pero ayer pintaba bien el plan. El programa de radio La Hora del Dr. Osmond celebraba su primer aniversario con una fiesta cargada de buena música en directo en el bar Supernova de Oviedo. Tocaban Los Bonsáis y la familia obliga así que después de una cerveza con Pili y Guti para allá que me fui.

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El horario laboral hizo que me perdiese el arranque con las actuaciones de Arkanine y de Musel. Los primeros dejan bien claro que hacen “Freak music para freak people” y eso algunas personas lo agradecemos. Sobre todo si en el post concierto hablas con ellos y te cuentan que hacen una versión de la canción de los enanos de las tercera parte de El Señor de los Anillos. ¡Lujo! El otro grupo que no vi actuar -Musel- llegaron desde Lugo y llevo un rato con las canciones que tienen en su bandcamp de fondo. Apetecibles.

Cuando bajé las escaleras del Supernova se escuchaba: “España tiene los ojos morados y se los tapa”. Ya había empezado Pablo und Destruktion y se cortaba la atmósfera, porque es de esa gente que te muerde al cantar, que hacen que cada palabra pese. Iba predispuesta a que me gustase -llevan tiempo diciéndome en casa que me iba a encantar- pero no esperaba semejante voladura de cabeza. Transmite una intensidad que se contagia y en un determinado momento me descubrí con los puños cerrados a los dos lados del cuerpo, completamente tensa y apretando los dientes. Sonaba “Por cada rayo que cae”:

“Somos los locos que escriben canciones
los locos errantes encerrados en sus naves
¡Pues quememos las naves!”

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El contraste no podía ser mayor con lo que vino después. El propio Pablo se encargó de hacer la mejor presentación posible: “Ahora llegan Los Bonsáis, que son de los más salaos y hacen una música que da unas ganas de vivir de la hostia”. Y está mal que yo lo diga tratándose de mi hermana, pero Helena y Nel el sábado sonaron de maravilla y desprenden luz con cada nota. Las letras sencillas y las melodías pegadizas logran que se te escapen las sonrisas y que termines bailando sin parar como me pasa con “Medio Tiempo” que creo que es de mis favoritas. En Semana Santa tocarán por primera vez fuera de España, en el Wales Goes Pop así que desde aquí quiero decirles que mucha mierda y que seguro que harán volar a los ingleses tanto como a nosotros.

losbonsais

Reconozco que cuando tocó Alberto Montero me di un descanso de música que esto es Uviéu y había que saludar y charlar con mucha gente el otro día. No puedo opinar de él pero ahí queda el enlace a su bandcamp para darle una escucha en cuanto pueda.

Desde Barcelona llegaron Grushenka y lo primero que se te escapa al verlos en el escenario es decir: “¡Menudos guajes!”. Ahora bien, la juventud se te olvida en cuando empiezan a tocar y los paisajes sonoros que crean se te meten dentro. Energía y calidad para cerrar la noche.

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Las actuaciones continuaron con Las Casi Casiotone pero ahí ya cambié de piso y me fui para la zona de arriba a darle forma a la madrugada y a volar en otras direcciones.

Sólo me queda decir que hay que agradecer a Borja Alcáraz -alma de todo este lío- la iniciativa y a gente como los de La Radio de Cristal y el Supernova por hacer que esta ciudad se mueva. También podéis echarle un ojo a la revista que han sacado desde La Hora del Dr. Osmond aquí.