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Reflexiones como crisálidas

Xixonmayo

Hay momentos en los que te vuelves consciente -a secas- y entiendes de pronto asuntos que no sabías ni que debías intentar comprender. Es como esas agujetas que te descubren músculos de tu cuerpo en los que jamás habías reparado porque nunca los habías usado y nunca te habían dolido.

Estoy segura de que hay zonas del cerebro (incluid aquí las almas, el corazón y cualquier otro eufemismo que haga referencia a la vida interior) que permanecen inactivas durante toda la existencia. Otras se mantienen en letargo o en segundo plano, realizando labores tan inconscientes como imprescindibles: ordenan recuerdos, borran lo que no interesa, atesoran momentos, tergiversan sueños, inventan realidades paralelas y mundos (im)posibles… Algunas -y éstas son las que me interesan hoy- se manifiestan de pronto, nuevas, como crisálidas recién abiertas que ofrecen sorpresas aladas y coloridas.

Los caminos que se abren por delante de forma inesperada siempre me han generado un estado en el que se suman el recelo y el júbilo, con tanto miedo como ganas por pisarlos y recorrerlos.

¿Existe algún mayo sin cambios en perspectiva?

Hay vértigos y hojas en blanco. Un telar en construcción. Mantas para hacer cuevas y cervezas frías esperando en la nevera.

Pase lo que pase, lo que importa es el trayecto y disfrutarlo.

¡Vamos a ello! Sin pausa.

Los bordes del espejo

Nada -nunca- es tan tremendo.

Creo que esa frase se va a quedar como mantra de mi vida. Si me gustasen los tatuajes de letras me la pondría bien visible en la pechera. Por suerte no lo haré. Tranquis.  Tengo cierta tendencia al drama emocional interno desde que recuerdo. La cabeza se me pasa de frenada constantemente, especulo e imagino más allá de lo sano y me cuesta disfrutar del hoyaquíahora por los futuribles imprecisos. Así que desde hace tiempo vivo en un constante proceso de filtraje y recolocación de pensamientos y sentimientos. Poner los pies en el suelo ayuda con la salud mental. Pero cuesta.

Así que mis runrunes y agonías -nunca- son tan tremendos. Son míos. Efectos de esto de vivir evitando las escalas de grises. Punto. Lo tremendo está fuera de esta burbuja rutinaria a la que le viene bien que la pinchen de vez en cuando.

Nieva y llueve y hace frío. Rarezas que tiene el invierno. ¡Quién lo iba a decir! Mañana me toca currar todo el día y esta noche voy a un concierto así que tendré que recogerme pronto. ¿Desalojos sin orden judicial? Hoy mismo. En directo. Voy a poner a cocer la pasta que ya es hora de comer. En Grecia cierran los CIEs, aquí esto. Whatsapp con ristra de emoticonos nuevos. A Santi se le termina el paro y se vuelve al pueblo. Hoy ha salido el solín y las flores empiezan a asomar en los tiestos. Setenta mujeres mueren asesinadas por sus parejas cada año. Me cabreo porque no me contestas, porque no quieres quedar, porque ya no nos vemos. Qué cansancio lo de relativizar la soledad constantemente. Me disfrazo en carnaval. Familiares de entierro. Pero tengo amigos que saben doblar los mapas y ni Barna ni Mendoza están tan lejos. Ha vuelto a salir la beca a la que me presento todos los años. ¿Vuelvo a intentarlo? ¡Claro! ¿Unas sidras esta noche? Hay nuevo texto de Silvia que leo tarde. ¿Tarde para quién? Hace tiempo que sé que tengo los pasos desacompasados del ritmo imperante pero sobre la inexistencia virtual ya escribí hace unos meses. Sólo pienso en volver a irme y a la vez en que cómo puede ser que no aguante dos años en el mismo sitio. Nos reforman el código penal. Elecciones en mayo. Primavera.

Lo dicho… Nada (de lo que me pasa por el momento) -nunca- es tan tremendo. Lo tremendo asoma por los bordes del espejo.

7+8

Acabo de releer el post del 2 de enero del año pasado (7+7) y creo que he cumplido con mi objetivo de pasos cortos, lentos y seguros. He escrito todo lo que quería escribir y vendrá más y mejor en ese terreno. Una vez recuperado el hábito no lo pienso soltar.

Me temo que en algunas cosas me he quedado demasiado corta y tal vez tendría que haber arriesgado, sacudirme miedos y atreverme a algunos saltos sin red. Pero ya pasó y como de todo se aprende vamos a ver si en el 2015 (año impar, oh yeah) afilo uñas y colmillos y muerdo más. Y pido. Y no me quedo a medias con nada, que es una sensación fea donde las haya.

Tengo una caja de cerillas lista para despejar el camín.

¡Feliz año!

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Los asuntos de la luz

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Mayo y septiembre son mis meses favoritos de siempre. No le he dado muchas vueltas al asunto pero sé que son los momentos del año en los que mejor me encuentro y en los que me suelen pasar cosas.  No es ni pleno verano ni pleno invierno y suelo arrastrar un estado emocional similar, de runrunes y nerviosismo tolerable, como una impaciencia rica de saborear. Como si estuviese a la expectativa.

A lo mejor la culpa la tiene el calendario escolar marcado a fuego y que nunca tuve ningún trauma porque se terminasen las vacaciones. Volver al colegio en septiembre y estrenar libretas era una maravilla. Sigo comprando cuadernos y oliéndolos y disfrutando con las primeras palabras que les planto. En el otro extremo, mayo ya presagiaba el final de la rutina y podíamos quedarnos más horas jugando en la calle después de hacer los deberes.

Ayer, bajando por el Campo San Francisco de Oviedo a las 09.15 de la mañana me di cuenta de que la culpa de todo la tiene la luz. La luz de mayo y la de septiembre son iguales. O a mí me generan los mismo. Son luces de tránsito que empujan, que me llevan, que acompañan.

Ayer entregué mi primera recopilación de poemas para un concurso. Y hay promesa de no dejar de escribir, de pinchar y que me pinchen y de ponernos manos a la obra con cosas jugosas.

Y entonces vuelvo irremediablemente a este poema de Andrés Neuman y me dispongo a aceptar cualquier cambio que me traiga septiembre. ¡Encantada!

Silencios, invisibilidad e inexistencias virtuales

Empecé esta entrada hace mes y medio, a los pocos días de cumplir los 32 años y tenía en mente escribir algo así facilón de autocomplacencia y tono veraniego (que estaba de vacaciones y vuelvo a estarlo), pero al abrir el editor del blog me encontré entre los borradores esta entrada con el título solamente y me puse a ello. A ver si hoy la termino.

Cuando me volví de Barcelona a Asturies, el año pasado, estuve una temporada larga de desconexión de twitter, sin publicar nada en el blog y con la actividad de facebook bajo mínimos. Prácticamente todo el verano y hasta bien entrado el invierno. Tras una presencia bastante intensa en el cyberespacio durante más de dos años, el parón vino motivado por la necesidad de centrarme en las redes físicas cercanas, sobre todo familiares. También estaba cansada del enganche, aburrida de leerme a mí misma y del acelere que provoca tener que estar a-en todo (con el inmenso reduccionismo de realidad que implica ese «todo» del que hablo).

No soy socióloga ni académica y me cuesta teorizar. Lo mío es o contar hechos -periodismo a secas-  o jugar con la literatura hasta que me la tome en serio. Hablo desde la mera experiencia personal, pero voy a intentar explicar algunas ideas que me rondan alrededor de todo esto.

1. Silencios
Necesito el silencio. Si paso muchos días rodeada de gente todo el rato me termino agobiando. Necesito estar sola cada tanto. Me ha pasado siempre, desde pequeña. Y no supone ningún trauma. De vez en cuando necesito estar sola y en silencio para reordenarme. Los domingos suelen ser «mi día». Lavo ropa, la tiendo y también me reajusto. Me pongo boba y estoy mejor conmigo misma. Últimamente los aprovecho para escribir y está funcionando.

En Internet nunca hay silencio. Con una mañana que dejes de pasarte por twitter ya te pierdes la mitad de las cosas de las que se hablará ahí dentro en los próximas horas. Si desconectas un fin de semana vuelves de puntillas pero aún estas a tiempo de reconectar. Si te piras un mes aún queda gente que te echa de menos. Sólo si desapareces más tiempo es cuando consigues el silencio.

Volverás como una extraña y al principio sentirás que entras en el salón de la casa de unos desconocidos. Sólo con unos pocos días comprenderás que ya no importa recibir respuesta, que no hace falta entrar en todas las conversaciones, recibir mil retuits o tener veinte favs por twitt. Tú tienes tu ritmo y siempre hay quién lo comparte. Las interacciones se reducen pero la lentitud también sirve. Hay otros microcosmos en los que puedes estar a gusto.

Y yo necesito lentitud alrededor para estar bien, que la prisa ya la llevo dentro.

2. Invisibilidad
Nuestro idioma es de los pocos en los que los verbos «ser» y «estar» no van resumidos en una única palabra, así que el estar en silencio no significa desaparecer. Estoy invisible pero sigo siendo ente virtual, puedo seguir paseándome y leyendo, informándome y formándome a través de internet sin necesidad de que nadie me vea. Esto tiene también un punto de cotilleo, de voyeurismo y de travesura infantil.

Eso sí… No «estar» implica que para mucha gente dejas de «ser». Y ahí es donde entra el tercer punto.

3. Inexistencias virtuales
Hay personas para las que no existes más allá de la pantalla, aunque las hayas conocido en persona. Aunque tengan tu móvil y otras mil formas de contacto, incluso presencial. Si desapareces de la red te desintegras para muchas. ¿Importa? La verdad es que ahora mismo poco, aunque al principio cuesta acostumbrarse.

Así que los periodos de silencio e invisibilidad me los tomo para relativizar las grandes amistades y la magnificación de las relaciones virtuales. Son divertidas, te lo puedes pasar genial, con algunas generas un grado de intimidad importante incluso, te hacen sentir acompañada, compartes gustos, tonterías y mil conversaciones apasionantes. Pero a mí -repito que hablo desde un punto de vista totalmente personal y subjetivo- hace mucho que no me sirven para parchear la soledad. En cuanto eres consciente de que estás tomando un placebo, deja de hacer efecto.

En resumen: No «estoy» pero sigo «siendo».