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Azoteas

Edward-Hopper-Rooftops-1926

Nada mejor que cambiar de perspectiva de vez en cuando. Buscar un muro, una silla o una piedra a la que subirte permite ver las cosas de manera diferente. Elevar la cámara por encima de la cabeza para apuntar sin mirar suele mejorar la foto.

Todo es cuestión de puntos de vista.

Las azoteas de Hopper (el cuadro de la imagen es «Rooftops», de 1926) me dejaron clavada al suelo durante varios minutos. El murmullo y el ruido de las centenares de gallinejas presentes en la masificada exposición fue desapareciendo poco a poco. Sus azoteas me llevaron a las mías.

Y es que la perspectiva cambia también cuando cambias de calles. Las de mi pueblo por las de Barcelona, éstas por las de Madrid… Empaparse de contrastes ayuda a amplificar la visión general. Cuando pisas otras calles te las llevas irremediablemente a todas las que pisarás después.

Lo mismo pasa con las azoteas. Nada mejor que subirte a las de otras, aunque sea sentando el culo en una plaza a las 4 de la mañana. Así después, cuando miras, miras con tus ojos y los suyos. Este último fin de semana las azoteas de varios nuevos amigos -desvirtualizados a ritmo frenético- se han incorporado a mi vecindario particular. Cuando desde la mía no se vea nada claro, seguro que en las suyas encuentro una buena perspectiva que añadir al repertorio.

 

El año pasado había tocado Antonio López con resultado de microrrelato.

Retratada

La inspiración viene y va.

Ella la encuentra de paseo al borde del Cantábrico, leyendo viejas historias de mitos griegos, viendo pelis francesas o protagonizadas por cyborgs de ojos rasgados, cantando en la ducha, ordenando álbumes de fotos familiares, repasando publicidad de los años 60, hojeando revistas de papel rosa couché, acariciando a la gatina, revolviendo en tiendas de ropa de segunda mano donde se encuentran los mejores vestidos, tocando zurdamente la guitarra, componiendo…

Desde siempre la recuerdo con lápices de colores en las manos. Desde siempre tuvo claro que quería ser pintora. Y ahí va, poco a poco pero sin soltar los pinceles, comiendo frío en un garaje del norte por las mañanas y llenando los lienzos de sueños, presentándose incansable a concursos y certámenes, abriéndose camino como mejor puede hacerse: trabajando.

El último regalo que me ha hecho forma parte de un enorme dossier en el que amigas y hermanas nos convertimos en protagonistas de varias microhistorias.

 

Aunque hay uno muy especial que ya tiene dos años y que está guardado esperando que un día de estos tenga un espacio propio donde poder colgarlo que me encanta y me refleja. «Tempus Fugit» le puso de título. A ver si os gusta.

tempusfugit

Web de Helena Toraño
y su blog en el que están las fotos del proyecto  Mitos y Flautas II