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Atragantada

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Anoche me acosté con la soledad  hecha bola en la garganta y me desperté con una canción atravesada. Remolonas siguen ambas rondándome todo el día (semanas, años)

Que ya tienes edad de no hacer caso ni a los runrunes ni a las ansias, pero se me atragantan los fastos y los fatos, los desahucios, las pérdidas, las ganas

Me traspasa andar con prisas, las despedidas, los emoticonos de caca, muchas lecturas, las tres últimas palabras, un mimo o cumplir los horarios

Se me atraganta la vuelta a casa de madrugada con las llaves en modo puño americano «por si las moscas»

Se me atoran cosas que pasan, los dos años de paro de una, los llantos al otro lado del teléfono, los «porquelascosasnodeberíanserasíperononosquedaotra» o los «nomepuedoquejar»

¡Quéjate! ¡Baila!

Anoche me acosté con la soledad hecha bola en las tripas y me desperté con la spathiphyllum en flor, encantada en su rincón sin sol, esplendorosa

Que este fin de semana toca mar, toca casa, tocan silencios, toca playa aunque diluvie, tocan olas que se lleven melancolías

Tocan olas que me dejen mis runrunes y mis ansias

 

Interruptores

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He decidido declarar concluido marzo de 2014.

Podemos bautizar a los días que quedan por delante para tachar este mes de mierda del calendario como la semana de marbril, que suena hasta bien. O no… ¿Sólo me suena a mí a mandril? Que lo de ponerle nombre a las cosas -como a las partes del cuerpo o a las relaciones- es lo de menos. Lo que importa de verdad es que hoy se termina marzo para mí.

No entra ni una pena más en este mes ni en este cuerpo.

Aunque mejor así, que vengan todas juntas una vez al año. Concentramos los disgustos y los pasamos por encima todos a la vez. De un salto. HOP. Que asumes que ya no es ni será «como antes» nunca más… HOP. Que te toca de cerca de verdad la muerte casi siete años después de la última… HOP. Que se va lejos gente que quieres -aunque sea para mejor- y te quedas un poco más sola… HOP. Que gritas por dentro… Bueno, esto último no se va. Eso está ahí de serie y convivimos bien. El autocontrol y la seguridad están sobrevalorados

Como he tenido bastantes saltos en los últimos días, me parece prudente cerrar ya las nubes de invierno (metafóricas, que por este Norte a lo mejor les quedan aún tres meses más), me abro una birra bien fría y me siento a esperar por mayo, que con septiembre es uno de MIS meses.

Mientras tanto pienso dejar que me enciendan, que me den vuelta y me revuelvan. Que si bien no entra ni una pena más, las sorpresas nunca sobran y en la última semana me han hecho llorar -para bien- en varias ocasiones sin venir a cuento.

Esto no debería ser noticia, que siempre he sido muy llorona. La señorita Yolanda (mi profe de preescolar) decía que se me llenaba el «sacu» y que tenía que vaciarlo por lo menos una o dos veces al día. La expresión me lleva acompañando desde entonces y en casa me lo siguen diciendo a veces, aunque cada vez menos. Para qué engañarnos, desde entonces el llanto -el de verdad, ese que desborda y que se va entre hipidos- suele acompañar ataques de ansiedad (o simulacros de ellos) y al SPM (siglas que sirven tanto para el síndrome pre como post menstrual, este segundo gran desconocido y casi peor que el primero).

Uno de los interreptores ha sido musical.

Llevaba yo días con algo dentro, con esa sensación de que algo iba a pasar, como sintiendo alteraciones en la fuerza. Cuando estoy así siempre digo que ando con runrún y van Nacho Vegas y la Fundación Robo y sacan esto para regalarle a la Marea Democracia. Primera escucha: «Menuda moñez». Culpables los años de colegio de monjas y las regresiones inconscientes. Pero a los dos días o así, mientras esperaba que saltasen las tostadas, sonó en la radio sin previo aviso y… Lagrimones pal café.

«Nos quieren en soledad nos tendrán en común». HOP.

Los otros interruptores han sido gente que te mira digitalmente y te ven de verdad y te leen y te describen y te (re)conocen de una forma que hasta asusta. Guiños, besos, muchas risas, manos, estrellas y remos en el momento justo. Que estamos solas… Pero tampoco tanto ni todos los ratos. HOP.

Así que hoy me he despertado, he abierto la ventana, he desayunado, me he duchado y lavado el pelo, me he pintado las uñas de verbena, he cocinado para Inés que se iba a currar, he visto todas las imágenes de la Manifestación por la Dignidad que anoche fui incapaz de ver, he hablado con casa, he visto entre la neblina de la siesta que se ha muerto un ex presidente y he decidido que se terminaba marzo para mí.

HOP

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Cinco letras

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Al pianista le faltaban tantos dientes como teclas al piano.

Pero de la misma manera que el viejo instrumento resistía a los aporreos constantes, el músico apuraba uno tras otros los botellines de cerveza y así se mantenía. Año tras año desde ya no se acordaba cuando.

A base de alcohol y humo.

Porque no fumaba, pero todos los que iban a escucharle a aquel tugurio sí lo hacían y es que era uno de los pocos sitios en los que el dueño permitía encender un cigarrillo. «Que vengan a multarme», solía decir en tono amenazante mirando hacia alguna mesa en la que o bien un concejal o una jueza o alguno de los policías del barrio conversaban tranquilamente con amigos o con alguna pareja furtiva. «Si me ponen una multa la pagamos entre todos a escote», afirmaba mientras hacía sonar el bote de las propinas.

El pianista también tenía un bote encima de la caja del piano pero no era para propinas, aunque de vez en cuando alguien lo usaba de cenicero o papelera. No le molestaba. Dejaba de tocar, miraba tranquilamente al infractor y vaciaba el bote. Tiraba los escombros en el lugar correspondiente y cogía una servilleta para limpiar el contenido del recipiente. Con mucha calma y mimo eliminaba cualquier resto de suciedad del puñado de tizas para volver a ponerlas en su sitio.

Siempre había alguien que se animaba a escribir sobre la superficie negra, rallada y llena de desconchones de la cola.

Aquel día se podían leer sobre años de polvo de colores frases como «Paula+Leti 4ever», «Aquí estuvo fulanito», «Mierda de piano, de pianista y dientes», «En este bar ponen garrafón», «010111 Feliz Año», «Sheila tqm» o «082855 llama y verás», entre otras frases borradas, además de letras y dibujos de toda clase apenas percetibles ya.

Aquel día llegó temprano.

El garito aún estaba vacío y el jefe echaba cuentas en una libreta de cuadros a la vez que hablaba con algún proveedor al que le debía un par de pagos. «La semana que viene hombre, tú tranquilo que sabes que con esto de la crisis andamos todos igual», le decía. «El mes que viene te encargo un par de cajas más de lo caro y arreglamos, ¿ok?», prometía antes de colgar.

Pasó de largo la barra. Ni le dirigió la mirada. Ni una palabra.

Fue hasta el baño de mujeres y salió con un enorme puñado de papel mojado que arrastró con parsimonia sobre toda la superficie negra tiznada de letras, números y garabatos ilegibles. La dejó limpia. Volvió al servicio y salió con otro manojo para secarlo todo. Vació el bote de las tizas, se las metió en los bolsillos y con una blanca dejó cinco solitarias letras. Se la guardó también, dio media vuelva y salió por donde había entrado dando un enorme portazo.

El dueño del bar se sorprendió y se acercó al piano. «Le faltan tantas teclas como dientes al jodido músico», pensó. Al leer lo que había escrito supo que nunca más iba a volver.

V A C Í O

Para Lavi