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Charcos diminutos

polonio

Anoche soñé que me despertaba exactamente en el mismo sitio en el que estaba hace siete años. Creo que es cosa de la lluvia constante y del frío que parece que no se va a ir nunca, aunque sabemos que le toca ir remitiendo y desplazándose hacia el sur del sur, que desde allí vendrá el calor. Es el mundo al revés. Las estaciones inversas.

Marzo de 2008. Cabo Polonio. No hay nada más que agua y arena. Viento, leones marinos, un faro que deja doce segundos de oscuridad, cabañas de madera y sal. Peces recién salidos de las redes para cenar y una hoguera. La luz hace de despertador cuando se cuela por ese ventanuco desde el que veo el mar. El charco.

El charquito.

Aquel año también hubo accidentes horribles de aviones y guerras y penas. Pero también hubo buena música y encuentros con gente que se queda, visitas, cenas y viajes.

Sueño porque no llega el calor, porque siempre quiero volver. Por suerte hay gente que me lo acerca constantemente.

Recuerdos de Sur y mate

Hoy por fin tengo tiempo para sentarme con calma y repasar mis fotos de 2008. Puedo resumir ese año básicamente con el nombre de una ciudad: Montevideo. Además hoy es domingo y los domingo toca Café del Sur y el de hoy suena a candombe, carnaval y tambores rioplatenses.

Pero hoy no estoy mirando esas fotos con nostalgia o con las ganas de volver pronto. Hoy busco a Jorge. Y no tengo ninguna foto suya. Ninguna. Guardo fotos de toda mi vida y las tengo perfectamente clasificadas y ordenadas, así que no es que se me haya traspapelado en alguna carpeta que ya aparecerá. No. Sólo he encontrado ésta en la que aparece de espaldas.

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Estábamos en el Memorial de los Desaparecidos de Montevideo después de visitar el Cerro y -cómo no- era domingo. No tocaba trabajar pero nos habíamos apuntado en plan familiar a una de las excursiones que organizaba la Intendencia Municipal. Se ve claramente el termo con el agua caliente en su mano izquierda y apuesto a que en la derecha llevaba el mate perfectamente cebado.

Huelo el mate y oigo sus risotadas.

Y nos veo entrando en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo. Yo llevo grabadora y libreta. Iván anda por ahí con la cámara de fotos. Jorge carga con el trípode, el micro y la cámara de vídeo. La agencia está en plena euforia audiovisual y él encantado con los vídeos. Creo que siempre estaba encantado con cualquier noticia que nos tocase cubrir. Aquel día en concreto íbamos a una gala de entrega de premios deportivos. Os podéis imaginar cómo estaba yo de perdida, pero nunca me sentí fuera de lugar. Jorge se encargaba de presentarme a todo el mundo, a los compañeros de profesión, a los encargados de prensa del evento en cuestión, a los políticos con los que había que hablar, al personaje que tal vez me podría interesar para un reportaje otro día…

El anfitrión perfecto.

Huelo el mate y veo su sonrisa enorme.

Y sus ojos que saludan desde el escritorio y me da los buenos días, para acto seguido levantarse y plantarme un beso. Todos los días. Cada día de trabajo desde el primero que entré por la puerta de la oficina.

Huelo el mate y veo la mesa de la cocina de la agencia.

El café está recién hecho y hay una bolsa de bizcochos (ojo que los bizcochos uruguayos no tienen nada que ver con los nuestros) o tal vez un strudel que ha traído Héctor. Toca descanso, Nancy sale de su despacho y puede que sea invierno en el Sur y tengamos también de compañero temporal al otro Iván. Jas también asoma la cabeza y Jorge cuenta anécdotas sin parar. De lejos se escucha el estruendo de la vieja máquina de teletipos, compañera inseparable de Pepe Leiva.

Huelo el mate y cuento los kilómetros.

Compartimos mucho coche y muchas esperas para ruedas de prensa, comparecencias en el Mercosur, el Centro Cultural España o en uno u otro ministerio. Compartimos a Macarena y a Galeano. Y a Fernando Lugo y nos reímos de su parecido físico indiscutible. Compartimos charlas sobre sus trabajos como enviado especial al Mundial 82 o a la Copa América, pero también hablábamos mucho de historia uruguaya, de sitios para ir un finde de paseo, del carnaval, la murga y el folclore. Y no me lo dijo nunca pero sé que estaba encantado con mi forma de disfrutar y mirar su ciudad, su país.

Huelo el mate y huele a asado.

Y a familia. Porque están Lorena y Rodrigo, Silvia y Joaquín, Ana, Leonor, Damián, Daniel… Tal vez hasta estén mis padres que también les tocó asado con todos ellos.

Pero hoy es diciembre de invierno en el Norte  y llevo dos días intentado escribir ésto.

Viernes. 21.38. Voy camino a casa después de un día de curro pre-navideño de los tremendos. Me salta un mensaje en Facebook: María, te tengo que dar una horrible noticia que acabo de conocer. Es Jas desde Bolivia para contarme que ya no me va a dar tiempo a despedirme de Jorge Figueroa.

Así que tengo que buscar su foto y sólo encuentro una y está de espaldas. Pero no hace falta más.

Huelo el mate y me levanto a darle un beso yo a él.

Hay poca gente a la que pueda llamar realmente “compañero” en esto del periodismo y él siempre será uno de ellos. Por todo lo que me enseñó y por todo lo compartido. ¡Gracias Jorge!

Sonidos que te viajan

Mendoza

Dame chacareras y candombe, chico, repique y piano, zamba, cueca, milonga y murga.

Hay sonidos que te lanzan, te llevan, te traen, te envuelven, revuelven, arañan.

Hay sonidos que te viajan.

El Nuevo Cancionero afirma que el arte, como la vida, debe estar en permanente transformación y por eso, busca integrar el cancionero popular al desarrollo creador del pueblo todo para acompañarlo en su destino, expresando sus sueños, sus alegrías, sus luchas y sus esperanzas.

 Programa Café del Sur dedicado a los 50 años del Nuevo Cancionero aquí.
Manifiesto del Nuevo Cancionero (1963) aquí.
Foto: Por una carretera de Mendoza, camino de los Andes (2008)

Cuerpo de murga

Han llegado los primeros sones de chirigotas gaditanas y el soniquete irremediablemente me lleva a 2008 y a Montevideo. A un piso sobre el Teatro de Tres Cruces desde el que se oían las actuaciones cada noche y a la inmersión cultural en el paisito vestida de murga y carnaval. Verano en enero. Disfraces y desfiles ligera de ropa y de cargas.

Este fin de semana he escrito un mail para gente que se va a Uruguay en menos de un mes y me responden que lo que les cuento les ha dado ganas de estar allí ya. Lo disfruté. Lo viví. Exprimí Montevideo y sé que algún día volveré. Aún no es momento. Por ahora os comparto lo que escribí en ese correo:

Ya descubriréis la ciudad a vuestro ritmo pero si tengo que dejaros alguna recomendación se centrará en andar sin parar por los 22 kms de Rambla, ir los domingos a la feria de Tristán Narvaja, tomarse un medio y medio (ojito que sube) en el mercado del puerto, descubrir el carnaval y el candombe (yo es que soy apasionada del folclore allí donde vaya), tanguear, intentar cruzarse con Galeano por la Ciudad Vieja, visitar la fortaleza del Cerro (ojo que el barrio por el que hay que llegar es de los chunguis), cruzar en Buquebus a Buenos Aires, visitar Colonia, ir a las termas, pasar de Punta del Este por mucho que digan y recorrerse la costa en dirección a Brasil (todo el departamento de Rocha con parada obligatoria en el Cabo Polonio y resistirse a desaparecer del mundo para siempre), hacerse socio de la Cinemateca, comer chivitos, sacar fotos a todos los árboles gigantes que te encuentres y a todas las aceras levantadas por raíces del centro, visitar el Centro Cultural España (en la Ciudad Vieja), olvidarse del verbo “coger”, aficionarse al mate y comprarse un termo, tener “La Tregua” de Benedetti siempre a mano, escuchar a grupos como No Te Va a Gustar o La Vela Puerca, recordar que no es el trópico y que el clima es como el de aquí (invierno frío y de lluvia, verano caluroso, hay primavera y otoño), enterarse de leyendas como la del Palacio Salvo, maravillarse con la decadencia del edificio histórico de la Universidad de la República, recordar la vertiente rural del país (hay 3 vacas por habitante y gauchos como en Brasil), mi plaza favorita El Entrevero, elegir entre ser de Peñarol o Nacional (si sois futboleros), los uruguayos no son argentinos-porteños (son como sus hermanos pequeños, mucho más humildes y acogedores), cuando os pregunten si estáis de “paseo” (vacaciones) y respondáis que no, os mirarán asombrados y nadie creerá que hayáis elegido Uruguay voluntariamente (esto a lo mejor ha cambiado desde que yo estuve dado el flujo migrante que hay ahora)…

Y ese último paréntesis encierra mucho de lo que ya no conozco. Entre 2008 y 2013 hay un abismo mucho mayor de lo que puedo imaginar. Por ahora no lo comprobaré por mí misma y esperaré ansiosa las noticias de los que se van.

Por ahora me quedo con mi murga aquí.

Cuentas pendientes

Llevo cinco años retrasando esta carta, pero no pienso convertirla en elegía ni en llanto.

Hace ya cinco años que te vi por última vez. Fue en Pucela. Fuiste la única que vino a verme durante mi estancia vallisoletana. Paseamos, comimos, bebimos vino de Toro casero que habías traído y sacaste fotos de los posos y los cercos que quedaron en el mantel para usarlas en un cartel que tenías en mente y que querías presentar a un concurso de esos de diseño que después ganabas. Entre todo lo que hablamos aquel día me quedo con nuestros planes de cara al año siguiente.

Porque era septiembre y este mes es para eso. Para hablar de lo que está por venir y de todo lo nuevo que nos espera.

A mí me aguardaba Uruguay.

Montevideo y su rambla y su decadencia y sus cartoneros y omnibuses y su Cinemateca y su Solís y su candombe se abrieron en enero. Me explotó dentro.

A ti te aguardaba Buenos Aires a partir de Semana Santa.

No pudo ser…

¿O sí?

Fuimos vecinas de orilla unos meses -no me corrijas que esta es mi carta y si yo digo que pasó, pasó. ¡Cabezona!- y cuando estuviste debidamente instalada te fui a ver. Habías conseguido una habitación en un piso de San Telmo compartido con una chica alemana y dos colombianas. En una calleja fuera de los recorridos turísticos. Un piso de esos enormes, de techos inalcanzables, suelos de mosaico y balcones para llenar de flores. En vez de vino, te habían empezado a inspirar los posos del mate y seguías diseñando carteles para presentar a concursos. Ya tenías ligue local -no podía ser de otra forma- y además del curso de diseño habías conseguido un curro en una agencia para pagar los gastos. Tenías localizados los mejores bares de empanadas y te habías echo la reina de las tertulias del parque Lezama.

Viniste a verme -por supuesto- y te llevé al Cerro y a la Feria de Tristán Narvaja el domingo. Nos escapamos al Cabo y decidimos que si algún día desaparecíamos del mundo aquel sería el lugar.

Creo que por eso no hay forma de localizarte.

Te has instalado en uno de los ranchitos frente al faro y disfrutas de sus 12 segundos de oscuridad cíclica cada noche. Alquilas habitaciones y cocinas para los turistas mientras les cuentas historias de tu tierra castellana que por aquellos lares resultan la mar de exóticas.

Prometo visita. Pronto.

Te quiero Pam. Todos los días.