Vomitonas de domingo

Hace un par de semanas que me hice una especie de plan con postits de colores pegados entre sí y lo colgué en la habitación sujetado con imanes de mariposas para que quedase mono y no diese pereza mirarlo… o para perder un poco más de tiempo, por qué no reconocerlo.

La cuestión es que urgía poner un poco de orden y tener delante a modo de esquema esas cosas que cada día -semana tras semana desde hace meses- me repito que “debo hacer”. “Tengo que…”, “A ver si me pongo a…”, “Mañana empiezo” y demás propósitos que me persiguen y me pinchan… Y no termino de sangrar.

Así que miro este plan… ¿Cómo llamarlo? ¿Vital? Uf… No soy tan ambiciosa y menos aún desde que las perspectivas no van más allá de ¿tres-cuatro meses? (ocho de respiro parece que tengo ahora… ya siete, mejor dicho).

La cuestión es que tengo un plan pero no sé bien para qué. Y aunque no sepa el cometido hoy me ha obligado a sentarme este rato delante del ordenador. Porque el postit superior izquierdo (que es blanco) dice: “Escribir algo todos los días. Aunque sean dos líneas sueltas. Post semanal”. Y esta semana no he colgado nada y mover esta mañana una poesía que ya había colgado en verano no sirve, por mucho que lo que dice me sirva ahora. No cuela. Sólo faltaba que empezase a hacerme trampas a mí misma (que me las hago… y muchas).

Así que aquí estoy… Escribiendo un post de mierda sin sentido cuando la intención era haber escrito sobre lo mierdas que son los domingos y explicar por qué los considero el peor-mejor día de la semana. O haber desarrollado la idea de lo equivocada que estaba en mi empeño de que “nunca estoy donde quiero estar” cuando el problema siempre ha sido otro y parece que empiezo a verlo. O sobre el enésimo cabreo con la profesión periodística así en general y, en particular, con determinados presentadores que hacen publicidades asquerosas. Podría haber escrito de lo que duele Ceuta, de mi abuelo, de alguna que otra pataleta o de los viajes en FEVE. De las olas. Del aborto. De cuando me pilló una ciclogénesis explosiva en los Picos. De que pintan vacances en tres días.

Por si alguien se ha atrevido a leer hasta aquí, dejaré un escrito breve que leí el otro día (justo después de una interesante conversación que giró en parte sobre el mismo tema) y que es de lo que más me ha gustado de esta semana: Lo necesario Su última frase duele. Porque me veo cansada y sin ganas de rebeliones. Eso sí me pincha y sí que (aún) parece que sangro.

¿Cuándo se me olvidó este poema de Benedetti?

Defensa de la alegría
Defender la alegría como una trinchera
defenderla del escándalo y la rutina
de la miseria y los miserables
de las ausencias transitorias
y las definitivas

defender la alegría como un principio
defenderla del pasmo y las pesadillas
de los neutrales y de los neutrones
de las dulces infamias
y los graves diagnósticos

defender la alegría como una bandera
defenderla del rayo y la melancolía
de los ingenuos y de los canallas
de la retórica y los paros cardiacos
de las endemias y las academias

defender la alegría como un destino
defenderla del fuego y de los bomberos
de los suicidas y los homicidas
de las vacaciones y del agobio
de la obligación de estar alegres

defender la alegría como una certeza
defenderla del óxido y la roña
de la famosa pátina del tiempo
del relente y del oportunismo
de los proxenetas de la risa

defender la alegría como un derecho
defenderla de dios y del invierno
de las mayúsculas y de la muerte
de los apellidos y las lástimas
del azar
y también de la alegría.

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