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Microficciones 1: Cuerpo

piernas en madrid

Hace meses que tapé todos los espejos de la casa con telas de diferentes colores que había ido acumuando de mis viajes. Hay quiénes se traen imanes, pero yo colecciono trozos de mantas, alfombras, sedas, etc.

No sucedió ningún hecho concreto que me hiciese tomar la decisión de taparlos, sino que fue más bien un cúmulo de sensaciones y sentimientos que me ahogaban desde hacía mucho. Miraba cada mañana mi reflejo en el del baño y no me veía a mí. Sólo había arrugas, grasa, granos, pelos, manchas, canas… Frente al del ascensor me retocaba el maquillaje y el flequillo, y en cada escaparate me recolocaba la ropa. Debía ser perfecta pero nunca lo estaba completamente.

Entonces, una mañana decidí tapar todos los espejos de mi casa. Empecé a bajar la vista en el ascensor y a ignorar los escaparates. Poco a poco fui descubriéndome de otra forma, conociéndome. Siempre había pasado completamente inadvertida entre conocidos y ajenos a pesar de lo perfecta que era, o tal vez por eso me ignoraban o no lograba trabar verdaderas amistades. En cuanto dejé de mirarme todo el tiempo a mí misma, la gente a mi alrededor comenzó a verme y a querer estar conmigo. Como si reapareciese después de haber estado años encerrada a solas con mi reflejo en el doble fondo de todos los espejos.

Hoy al salir de la ducha una turbonada de aire frío ha abierto la ventana del baño y la corriente se llevó la tela correspondiente (un tapiz gambiano de colores amarillos, naranjas y negros). El espejo quedó al desnudo. Como yo. Y me vi allí, por fin real. Por primera vez. Im-perfecta.

Ejercicio del taller de escritura. Anteriores escritos aquí

Míu cuerpu

miucuerpu

Tras 31 años de convivencia (32 en verano) parece que hemos llegado a un entendimiento y a cierta estabilidad. Ya pasamos las bodas de plata (aunque sonaría mejor si fuesen de playa) y estamos instaladas en la calma y el respeto mutuo. Nos amamos lo justo (a veces mucho). Nos respetamos. Nos tenemos cariño. Nos gustamos… ¿Por qué no confesarlo?

Pero día tras día se meten en esta frágil intimidad desde todos los frentes. Medios de comunicación, publicidad, entorno afectivo (más o menos inconscientemente pero se mete y mucho), miradas de ajenos (este masculino no es universal, es plural masculino a secas), religiones y Gobierno.

Nunca he sido una persona posesiva. Dependiente sí, pero no posesiva. Salvo en esta relación: mi cuerpo es mío. Míu cuerpu* en asturianu, que suena más posesivo aún.

No he tenido que abortar nunca, pero lo hubiese hecho. A estas alturas de mi vida y mi relación con este cuerpo que es sólo mío tengo serias dudas sobre si lo haría actualmente. Pero no me gusta que nos quiten opciones. No me gusta que nos las quiten encima desde posiciones prepotentes, arrogantes y paternalistas.

Porque todo indica que por sus cojones (aquí las incluyo a ellas, las que callan, las que votan) nos van a legislar los ovarios, el útero, la vagina, labios mayores y menores, nueve meses de preñez, parto, lactancia y el futuro entero de dos cuerpos (tres o más si viene embarazo múltiple). Lo del clítoris como que no lo legislan porque, total, lo del placer femenino es mentira, un mito, una leyenda urbana.

Se ha dicho y escrito mucho sobre el tema pero no quería quedarme callada. Cabeza y cuerpo están de acuerdo en esto. Más de acuerdo que nunca.

Y tenía que contarlo. Gritarlo de alguna manera. Así que aquí queda esto que es para leer con rabia, nada de desesperación o derrotismo que eso es lo que quieren.

Sólo rabia. Creciente.

 

*No sé si en llingua oficial estará bien escrito, pero en la zona de Llanes lo diaríamos así