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Reflexiones como crisálidas

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Hay momentos en los que te vuelves consciente -a secas- y entiendes de pronto asuntos que no sabías ni que debías intentar comprender. Es como esas agujetas que te descubren músculos de tu cuerpo en los que jamás habías reparado porque nunca los habías usado y nunca te habían dolido.

Estoy segura de que hay zonas del cerebro (incluid aquí las almas, el corazón y cualquier otro eufemismo que haga referencia a la vida interior) que permanecen inactivas durante toda la existencia. Otras se mantienen en letargo o en segundo plano, realizando labores tan inconscientes como imprescindibles: ordenan recuerdos, borran lo que no interesa, atesoran momentos, tergiversan sueños, inventan realidades paralelas y mundos (im)posibles… Algunas -y éstas son las que me interesan hoy- se manifiestan de pronto, nuevas, como crisálidas recién abiertas que ofrecen sorpresas aladas y coloridas.

Los caminos que se abren por delante de forma inesperada siempre me han generado un estado en el que se suman el recelo y el júbilo, con tanto miedo como ganas por pisarlos y recorrerlos.

¿Existe algún mayo sin cambios en perspectiva?

Hay vértigos y hojas en blanco. Un telar en construcción. Mantas para hacer cuevas y cervezas frías esperando en la nevera.

Pase lo que pase, lo que importa es el trayecto y disfrutarlo.

¡Vamos a ello! Sin pausa.

Los asuntos de la luz

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Mayo y septiembre son mis meses favoritos de siempre. No le he dado muchas vueltas al asunto pero sé que son los momentos del año en los que mejor me encuentro y en los que me suelen pasar cosas.  No es ni pleno verano ni pleno invierno y suelo arrastrar un estado emocional similar, de runrunes y nerviosismo tolerable, como una impaciencia rica de saborear. Como si estuviese a la expectativa.

A lo mejor la culpa la tiene el calendario escolar marcado a fuego y que nunca tuve ningún trauma porque se terminasen las vacaciones. Volver al colegio en septiembre y estrenar libretas era una maravilla. Sigo comprando cuadernos y oliéndolos y disfrutando con las primeras palabras que les planto. En el otro extremo, mayo ya presagiaba el final de la rutina y podíamos quedarnos más horas jugando en la calle después de hacer los deberes.

Ayer, bajando por el Campo San Francisco de Oviedo a las 09.15 de la mañana me di cuenta de que la culpa de todo la tiene la luz. La luz de mayo y la de septiembre son iguales. O a mí me generan los mismo. Son luces de tránsito que empujan, que me llevan, que acompañan.

Ayer entregué mi primera recopilación de poemas para un concurso. Y hay promesa de no dejar de escribir, de pinchar y que me pinchen y de ponernos manos a la obra con cosas jugosas.

Y entonces vuelvo irremediablemente a este poema de Andrés Neuman y me dispongo a aceptar cualquier cambio que me traiga septiembre. ¡Encantada!