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La Virgen de la Cueva…

Cuando alguien os diga en tono de queja eso de “vaya asco de tiempo tenéis en Asturias, siempre lloviendo”; vosotros sonreís amablemente y contestáis “sí, un asco, jeje”. El acordarse de los incendios de esta semana y el corte de mangas mejor lo llevamos por dentro, que digo yo que tampoco hace falta echarle a nadie en cara el creer que los praos son verdes porque sí.

Hoy llueve. ¡Sonriamos!

Si hasta Espe va y dimite (por tercera vez) no se me ocurre mejor plan que salir a pisar charcos.

La última lista

Me encanta hacer listas. La de la compra, la de las tareas de la casa (con los nombres de a quién le toca hacer cada cosa en distintos colores: azul para Lena, verde para Teo y naranja para mí), la de los deberes del cole pendientes para el fin de semana, la de los gastos previstos para el mes… Me gusta la sensación de orden que esas listas le otorgan a mis días.

Porque en realidad todo es un pequeño caos desde hace unos meses.

“Las mudanzas es lo que tienen”, dice la abuela y remarca la palabra mudanza entrecomillándola con los dedos. No tengo muy claro que vayamos a entrar nosotros tres y sus dos gatos en su casa. “Pelos y Poli se acostumbrarán”, dice ella. “Van a estar encantados con los guajes”, sonríe. “Teo, Lena y tú podéis compartir cama una temporada, ya verás”, suaviza. Yo sólo pienso en mis alergias.

Hoy me he levantado a las cinco de la mañana para hacer la última revisión de esta lista que tengo entre manos desde hace semanas. Está todo preparado. Las tres maletas (una para cada uno con ropa, zapatos y utensilios de aseo), una bolsa de juguetes (les he hecho elegir cuatro cosas a cada uno, nada más) y dos cajas de libros.

Me he preparado un café y he echado un ojo a las ofertas de empleo. Nada nuevo. Ninguna solicitud respondida. No creo que el próximo mes pueda pagar la tarifa de internet del móvil. Mi madre dice que el telecentro del pueblo funciona de maravilla. Que haré amigas. Que los fines de semana vienen familias con niños a ver a sus abuelos, a respirar el maravilloso y limpio aire del monte. Que ya están floreciendo los cerezos. Vuelvo a pensar en mis alergias.

Teo me ha llamado desde la cama. Tiene pis. Dejo el café (que se ha quedado frío hace un rato) y llevo al niño al baño. Despierto a Lena. “¿Ya son vacaciones?”, me pregunta. “Sí, nena, hoy salimos para casa de güeli, en un ratín de nada”, le contesto.

Desayuno y ducha para los peques. Los visto y los siento en las maletas. Están guapos y limpios. Me visto y me ducho yo también. Guapa y limpia. Me han dicho que a veces viene la tele a estas cosas.

Dan las siete. Suena el timbre. Es Marisa. “Ya estamos todos, ¿estás lista?”, me pregunta y me da tres chapas rojas con letras blancas. “Está todo preparado para el viaje”, le digo mientras guiño un ojo y me contengo una lágrima. Sólo una. La única que me voy a permitir hoy.

Se escucha la llegada de un par de coches. “Es la policía”, me dice Marisa. Me termino de tragar la dichosa lágrima. Hay gritos fuera. Dicen que van a pararlo. No sé cuántos son. No quiero asomarme.

Miro la lista. Me falta meter el inhalador del asma. El polen del pueblo me mata en esta época.

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Que veinte años no es nada… Y ocho, menos

Me dio la tarde de repasar fotos y de cruzar el charco y desembarcar en el Río de la Plata ocho años después.

Varias casas y ciudades más tarde (Madrid, Oviedo, Llanes, Barcelona, de nuevo Oviedo y -al fin- Xixón) me encuentro esta foto de un paseo por la rambla montevideana cuando me fueron a visitar mis padres. Era abril de 2008 y el verano austral se tornaba otoño, luminoso aún, como este noviembre en el que parece que me aposiento después de idas y vueltas.

Esa foto me ha recordado inevitablemente a esta otra:

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Tiene apenas un par de semanas y constata mi cambio de escenario. La vuelta al mar como telón de fondo de lo que suceda a partir de ahora.

No dejo de encontrar similitudes.

Y sonrío.

Dicen que las comparaciones son odiosas. Yo creo que a veces son un regalo.

 

 

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Dragones para todas

Aunque lo parezca, este no va a ser un escrito friki sobre el subidón final de la última temporada de Juego de Tronos (que menuda manía de dejar toda la artillería para los dos últimos). Podría, pero no lo voy a hacer porque para eso ya hay gente que se dedica a ello y a mí hoy -con esa serie como excusa- me apetece hablar de otras cosas sin hacer muchos spoilers.

Podría escribir un perfil de los personajes femeninos y su (tremenda) evolución o ponerme a especular sobre lo despistados que deben haberse quedado algunos seguidores (masc. pl.) de la serie. Pero al final creo que voy a hablar de dragones.

Daenerys se viene arriba y no es para menos. La mother of dragons galopa los cielos montada en un inmenso bicho alado que escupe fuego y eso, qué queréis que os diga, tiene que empoderar de la leche.

Hace un par de meses fuimos al teatro a ver Hamlet y Ofelia se marcó un “¡Buenas noches Dinamarca!” digno de cualquier saludo de gran orquesta verbenera. El dragón de Ofelia se disfrazó de locura, pero la sensación de venirse arriba me recuerda a la de las heroínas de la serie-excusa de este post.

“¡Buenas noches Winterfell!” claman Samsa y Arya y “¡Buenas noches Islas del Hierro!” suelta Asha Greyjoy. Ni os cuento lo que gritan las womonas de Dorne, la yaya vengadora, Brienne de Tarth o Cersei aka la jefa. Lyanna Mormont va sobrada con su oso. Ellas galopan dragones de colores variopintos, con garras fieras, aliento abrasador y toda la fuerza posible.

Mi hermana Helena, Nel y sus amigas ofrecieron un maravillo “¡Buenas noches New York!” a lo llaniscu. A ella, a mi hermana, le ha costado un montón dar con su dragón pero ahora que lo tiene agarrado sé yo que no hay quién la apee de él. Mi otra hermana, Inés, no deja de buscar el suyo y ya tiene el título de Domadora Oficial de Bestias Mitológicas. Mi madre prefiere a Bonnie y a Mafa, pero no sabe que con cada foto y cada texto que nos manda para el Diario lo que hace es alimentar a sus dragones, porque tiene una manada entera.

Mi socia le ha puesto transportín de bebés al suyo para no perderse ni una y a la enana le saldrán escamas de esas transparentes que protegen por siempre y la harán ignífuga.

Yo llevo el cuerpo pintado de alas.

Tengo amigas que dejan curros explotadores y ponen sus rizos en movimiento para dar el siguiente paso sin mirar atrás, que dejan novios toxina, que salen y se acuestan al alba para dormir dos horas y levantarse después a sacar p’alante el negocio familiar.  Tengo amigas madres solteras que jamás estarán solas o que cuidan familiares enfermos y se descuidan todas con la mejor de las sonrisas. Algunas dan caza a los malos, otras son grandes profesionales que están trabajando de lo que sea o viviendo en el límite de los mapas porque hay que tirar y hasta las hay que se han construido una casa con sus propias manos…

Tengo amigas dragón.