Cinco letras

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Al pianista le faltaban tantos dientes como teclas al piano.

Pero de la misma manera que el viejo instrumento resistía a los aporreos constantes, el músico apuraba uno tras otros los botellines de cerveza y así se mantenía. Año tras año desde ya no se acordaba cuando.

A base de alcohol y humo.

Porque no fumaba, pero todos los que iban a escucharle a aquel tugurio sí lo hacían y es que era uno de los pocos sitios en los que el dueño permitía encender un cigarrillo. “Que vengan a multarme”, solía decir en tono amenazante mirando hacia alguna mesa en la que o bien un concejal o una jueza o alguno de los policías del barrio conversaban tranquilamente con amigos o con alguna pareja furtiva. “Si me ponen una multa la pagamos entre todos a escote”, afirmaba mientras hacía sonar el bote de las propinas.

El pianista también tenía un bote encima de la caja del piano pero no era para propinas, aunque de vez en cuando alguien lo usaba de cenicero o papelera. No le molestaba. Dejaba de tocar, miraba tranquilamente al infractor y vaciaba el bote. Tiraba los escombros en el lugar correspondiente y cogía una servilleta para limpiar el contenido del recipiente. Con mucha calma y mimo eliminaba cualquier resto de suciedad del puñado de tizas para volver a ponerlas en su sitio.

Siempre había alguien que se animaba a escribir sobre la superficie negra, rallada y llena de desconchones de la cola.

Aquel día se podían leer sobre años de polvo de colores frases como “Paula+Leti 4ever”, “Aquí estuvo fulanito”, “Mierda de piano, de pianista y dientes”, “En este bar ponen garrafón”, “010111 Feliz Año”, “Sheila tqm” o “082855 llama y verás”, entre otras frases borradas, además de letras y dibujos de toda clase apenas percetibles ya.

Aquel día llegó temprano.

El garito aún estaba vacío y el jefe echaba cuentas en una libreta de cuadros a la vez que hablaba con algún proveedor al que le debía un par de pagos. “La semana que viene hombre, tú tranquilo que sabes que con esto de la crisis andamos todos igual”, le decía. “El mes que viene te encargo un par de cajas más de lo caro y arreglamos, ¿ok?”, prometía antes de colgar.

Pasó de largo la barra. Ni le dirigió la mirada. Ni una palabra.

Fue hasta el baño de mujeres y salió con un enorme puñado de papel mojado que arrastró con parsimonia sobre toda la superficie negra tiznada de letras, números y garabatos ilegibles. La dejó limpia. Volvió al servicio y salió con otro manojo para secarlo todo. Vació el bote de las tizas, se las metió en los bolsillos y con una blanca dejó cinco solitarias letras. Se la guardó también, dio media vuelva y salió por donde había entrado dando un enorme portazo.

El dueño del bar se sorprendió y se acercó al piano. “Le faltan tantas teclas como dientes al jodido músico”, pensó. Al leer lo que había escrito supo que nunca más iba a volver.

V A C Í O

Para Lavi

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